jueves, 13 de octubre de 2016

El pretexto para venir otra vez al blog es que se me había olvidado decirles, hipotéticos lectores/as, que en la Revista Cuadrivio me publicaron una especie de crónica sobre el curso que hice en Nueva York. La pueden encontrar acá: http://blog.cuadrivio.net/babel/verano-gayatri-spivak/. 

Sólo por favor pasen por alto los errores de ortografía raros que hay por ahí, la verdad fue una cosa de la edición (lo juro: no entiendo los primeros paréntesis, ni algunas comas, ni algunos otros paréntesis, etc.) pero me dio pena decir porque pues... no sé, según esto que reciben muchos textos y que el mío había pasado la prueba, y etc., así que ante mi novatez para estos asuntos de publicar en revistas no académicas pues decidí no decir nada sobre los paréntesis y, en vez de eso, decir que muchas gracias, qué honor, qué amables. De todas formas sí pienso que muchas gracias, qué honor, qué amables, porque ps el texto se compartió muchas veces en fb y tuvo más lecturas (muchas más) que las que podría haber tenido en éste, su humilde y old fashioned blog. 

Quizás por estos días me anime a abrir una cuenta en medium (o cómo es?), si lo hago les aviso por acá, hipotéticos lectores, para que 'sigamos en contacto'. 

O bueno, la verdad es que también lo que me gusta de este blog es que pienso que me leen dos o tres personas, cosa que a veces me desanima (ya saben, el delirio de querer ser una escritora de verdad y no nomás una aficionada de blog), pero que a veces también me gusta mucho, me imagino esto como un espacio íntimo en el que nomás dos o tres amigos vienen a veces a ver cómo estoy.  Más como la sala de mi casa que como el escaparate de una librería, digamos. Y hay algo bonito en venir a escribirles y dejarles mensajes por acá, para cuando pasen, si pasan.

***

Por estos días estoy de regreso en Sudáfrica, luego de haber estado varios meses (otra vez) entre la Ciudad de México y Saltillo. Fiel a mis patrones: no sé cómo irme. Fiel a mis patrones: enredo y dificulto todo en vez de hacerme las cosas más llevaderas. Fiel a mis patrones: no me mudo, me divido.  Entonces me la he pasado acercándome más a mis amigos/as en ambas ciudades, experimentando con el poliamor (jajaj, iba a escribir que teniendo un amante en cada puerto, bien mamona. Pero bueno, más bien fue un ejercicio/experimento feminista de construir relaciones desde otros lugares. Salió bien, digamos, ambos chicos han sido excepcionalmente respetuosos de mis procesos, increíblemente generosos conmigo, y se ha manejado todo el asunto más en una dinámica de 'soy tu amigo incondicional, es decir: tu amigo', y menos en la dinámica de 'soy tu pareja, es decir: tu todo, es decir, por qué chingados sales con alguien más').

Supongo que el contexto facilitó todo el asunto (o sea estar divididos por océanos y así), pero no sé, ha sido muy raro. Está bonito sentir que hay seres humanos (no voy a caer en la tentación de escribir ONVRES) capaces de querer así, tan desinteresadamente, tan dispuestos a construir con otra persona una relación de amistad y apoyo, y la N. está pasando por procesos bien complicados porque renunció a su chamba, no tiene trabajo, no gana varo, va y viene, se hospeda en casas ajenas, no sabe qué quiere hacer con su vida, entonces amigo, echémosle la mano y no la jodamos si quiere tener otro amigo que la lleve al cine y la escuche toda la noche.  Y entonces (bocas abiertas - en riguroso gesto de asombro - señoras y señores) los dos dijeron que órale, que la N. necesitaba asideros y amigos en este salto que decidió dar de la manera menos calculada ever, y que ps va. Uno dijo 'va', el otro dijo 'ya qué', supongo. 

Probablemente éste sea uno de los años más raros de toda mi vida. 

También el punto es que ahora estoy, decía, de vuelta en Sudáfrica, ya terminándose un poco la aventura porque pues la gente tiene que seguir con su vida, y yo no puedo estar pagando boletos de avión tan seguido. Y tampoco puedo seguir dividida más tiempo. Acá o allá N., pero yapordios no nos hagas pasar por lo mismo el otro año. 

Luego estar en Sudáfrica es un viajesote. Sí, o sea porque está muy lejos y es muy diferente y no mames Africa, qué cabrón, vivo en Africa, no lo puedo creer. Pero sobre todo es un viajesote porque aquí se ponen en marcha procesos personales extrañísimos, que tienen que ver con descentrarme. Con ser otra y construirme a partir de otras cosas. Ya no ser la mujer profesionista académica independiente que destaca en su trabajo, etc., sino pues... ser, nomás. No es cosa fácil, amigues. No es cosa fácil amistarse con la idea de que mi vida y mi mañana no vale más o menos por estar dando clases en la UNAM, que por estar regando las plantas y haciendo de comer. No es cosa fácil reconocer que toda yo he sido atravesada por las ideas protestantes/capitalistas/occidentales, y que qué chingón criticar desde la academia, pero qué difícil ponerse una misma en la línea y decir 'ok, mi vida no tiene que enfocarse en el hacer sino en el estar, no en la producción, no en el punto de llegada, sino en los procesos y la paciencia'.

Y ya sé, ya sé que todomundo sale siempre con el cliché de 'ay, ya quisiera yo no tener que trabajar, ya quisiera poder dedicarme a escribir/pintar/leer/hacer lo que siempre he querido, whatever'. Al principio trataba de explicar: no bueno, mira, no es tan fácil; si lo haces por un mes o dos, o un año, o dos, está chido. Pero si lo piensas como que probablemente el resto de tu vida va a dibujarse entre otras coordenadas, da mucho miedo. Ahora ya no trato de explicar nada, sólo me dan ganas de decirle a la gente que me dice eso (que no son por supuesto obreros/as, ni trabajadores explotados/as que ganan menos de cinco salarios mínimos, sino académicos/as o amigos de A., o la familia política, o etc.): fuck you. Vete a otro lado con tus clichés. Déjame ser una fracasada en paz, y por lo menos reconóceme la valentía en ello, en vez de salirme con tus mamadas de 'ay no, pero fracasada por qué, ya quisiera yo'.  Yo también quise, amigues. Me lo estoy chutando y no está fácil. Déjenme ser fracasada y gorda y puta y jugar con esas palabras tanto como quiera sin sus supuestas envidias poco reflexivas.

***

No me acuerdo si alguna vez en este blog hablé de Cyn. Ella era mi amiga hace muchísimos años, muchísimos, como 12 pero parece como si hubiera sido en otra vida: vivíamos en Saltillo, yo estudiaba economía y ella letras; yo salía con un médico y ella con un POETA, señoras y señores, con un Poeta. Yo estaba emocionada con Benedetti (ya, ya, ya sé), y ella leía a Tomás Eloy Martínez, según recuerdo. Total, que éramos amigas porque teníamos un par de proyectos en común sobre literatura, difusión cultural y esas cosas. A las dos nos gustaba Cortázar, sólo que a mí me daba pena ponerme como nickname en el msn 'La Maga' (porque qué oso, si yo soy economista y seguro ni entiendo qué pedo con Rayuela), mientras que los estados de Cyn siempre tenían que ver con La Maga, o con el poema de Girondo de las mujeres que no saben volar y cómo pierden el tiempo con él (no saben cómo me caga ese poema), o con mariposas y vuelos y viajes y más vuelos y alas y vientos y cabellos despeinados.

También me acuerdo de que a Cyn le gustaba el poema de La Trapecista (ese sí lindísimo), de José Emilio Pacheco, y de que creo que fue gracias a ella que lo leí por primera vez.

Teníamos, creo, esa fantasía compartida de una vida no convencional, de sentir, pensar y construir de otro modo. De leer poesía y vivir poesía, y transformar el hambre en letras y también al revés. Era emocionante pensar en vuelos, alas, riesgos, y en que de alguna forma, por quién sabe qué misterios, esa era la única manera de encontrar algo nuestro. Algo de seductor tendría que haber, también, en la posibilidad de caer.

Lo que no sabíamos entonces era que sentir, pensar y construir de otro modo iba acompañado forzosamente por la incertidumbre. Pararte todos los días y preguntarte si neta no la estarás regando, y si neta no te vas a arrepentir de esto dentro de un año, o dos, o diez; y ya sé que la falta de certezas es algo con lo que todos lidiamos, pero ya sé también que las sociedades se han construido a partir de numerosos, cotidianos y compartidos esfuerzos para creer que sabemos lo que va a pasar mañana.

Lo que no sabíamos es que jugar a las alas y los vuelos tenía que ver, también, con el dolorosísimo proceso de reconocer nuestra fragilidad, de estar siempre abriendo la mano para soltar cosaspersonaslugares, y de cambiar, como si se tratara de estampitas, unas conquistas por otras. Sí, bueno, como renunciar a mis clases en la unam para venir a sentirme una fracasada* cuando paso toda la mañana en nimiedades, y cuando las verduras se me queman y el pollo me queda crudo y quemado al mismo tiempo. La única palabra clave de todo este párrafo es ésa: renuncia.

Y eso, para una morra treintona occidental de clase media, que creció creyendo en los mitos no ya de casarte y ser una excelente ama de casa y madre, sino además una profesionista que algo valioso aporta en el mundo de lo público (ergo, del capitalismo machista), es, a veces, too much.

Lo bueno es, amigues, Cyn, que no necesitamos cosas tan mamonas como metafóricas alas, sino, nomás, aprender a caminar. Y que si nos caemos sí hay red (o remedio, pues), y que está hecha de cosas tan bonitas como el tiempo, la paciencia, y el amor.


(este post está tan carta, que siento que tengo que terminar diciendo algo como:

Suya sinceramente,

N.)



*No, o sea, no me siento una fracasada y me pongo a llorar, sino que es como cuando en la marcha de las putas todas salimos a la calle y decimos 'soy una puta' en un tono desafiante y desparpajado, así yo acá, todas las mañana me levanto y me digo 'pinche N., eres una fracasada', y en vez de tener hijos, hacer el doctorado, ponerme a buscar chamba, escribir algo digno de publicarse, me pongo a leer, escuchar música, echar a perder cosas en la cocina, y ver las hojas de las jacarandas por la ventana. 



lunes, 2 de mayo de 2016

24A

Dejó acá el primer texto que he presentado en el seminario del que ya les conté. 

El primer comentario que me hicieron estuvo bien mala lechoso. Empieza diciendo el vato que "quizás no es mi papel decir esto, pero no entiendo por qué estamos discutiendo este texto en un seminario de literatura" jajaja. Luego: que estaba cursi, que no se entendía, que no le parecía chida mi postura de una feminista que se burla de otras mujeres (?),  que las cursivas qué pedo, etc., etc.

Sin embargo, los comentarios de El Maestro fueron bastante buenos. Dijo que él quitaría la parte editorial porque era políticamente correcta y no aportaba mucho al debate (o sea los tres primeros párrafos), que la parte periodística estaba 'en su punto', y que lo más potente era la onda de la 'crónica gonzo' pero que me faltaba enfatizarla. Luego se tiró un rollo muy interesante de por qué a estas alturas ya es ridículo decir que un texto no tiene valor literario sólo porque no puedes decir a qué género pertenece, es más, que eso del género ya ni se usa. Punto para la dama, creo.

Cuando salimos, rumbo a las chelas de cada miércoles post seminario, El Maestro caminó conmigo y me dijo que 'me gustó mucho tu texto. O sea no todo, hubo cosas que no me gustaron, pero en general está bien'. 

Y pues quiero decirles que eso es lo mejor que alguien puede decirte, porque he descubierto que en estas ondas de los talleres de escritura NO SE USA, es más, está prohibido eso de decirle a alguien que 'qué chingón  tu texto', o 'me gustó mucho'. No amigues, acá el chiste es tirar trancazos. Son muy rudos estos escritores, y contrasta muchísimo con mis talleres académicos buenaondita y chairos sobre el espíritu de construir en colectivo. No sé, raro. Luego escribo más de esto. 

También luego escribo de que no puedo creer la forma en que convertí estos meses de recuperación en Saltillo, en una cosa desordenadísima, una montaña rusa de emociones, un caos del que ya quiero escapar. Tengo el super talento de hacer tormentas en vasos de agua. 

Mientras, dejo 'el texto sin género reconocible' acá. Es una primera versión, lo tengo que seguir trabajando con los comentarios que me hicieron, pero la neta tengo un chorrísimo de trabajo y no sé si se va a poder. En fin. 

(Ah, y sí, otro tipo me criticó que puse que todo empezó con las muertas de Juárez, que le asombraba que 'una feminista  no sepa que esto ha estado presente siempre en la cultura mexicana'. Y sí, sí sabía. Pero quise empezar con Ciudad Juárez siguiendo la propuesta de Rita Laura Segato sobre los cuerpos de las mujeres, la pedagogía de la crueldad y las nuevas formas de la guerra en México. Le hubiera contestado eso al tipo, pero está prohibido que respondas cuando te están comentando. Es más: está prohibido que te hablen, todomundo tiene que hablar onda 'me sorprende que la autora haya tomado la decisión de hacer catarsis al final' jajaja.)

***
24A
El horror que se escribe en este país sobre los cuerpos de las mujeres no es nuevo: empezó hace un par de décadas con las muertas de Juárez y, desde entonces, no ha hecho sino cambiar de sedes, formas y discursos. Sin embargo la constante pues, es eso, una constante: mujeres violadas, asesinadas, desaparecidas, desmembradas, cercenadas, perdidas. Cuerpos desechables, notas rojas, interminables discusiones políticas. La consecuencia de todo, parecía hasta hace pocas semanas, era la naturalización de esa violencia: aceptar como destino inevitable que México es una patria que siempre trae un ojo morado.
La pregunta, entonces, es por qué tardamos tanto en movilizarnos en torno a este tema. Quizás no es La pregunta, pero al menos es una cosa que no he dejado de pensar desde que salió la convocatoria para la marcha del 24 de abril, y mis amigas feministas en Facebook y en todos lados alzaron la voz para celebrarlo: ¡ya era hora! Claro, ya era hora, ya hasta se nos estaba haciendo tarde, pero ¿por qué tardamos tantísimo? Yo he salido a marchar por el desafuero del peje, porque nos robaron la presidencia, por el movimiento 132, para pedir la democratización de los medios de comunicación en México y, obviamente, por los 43 estudiantes desaparecidos en el 2014.  En todas esas coyunturas marché en contingentes feministas. Ahí estuvimos, vestidas de violeta y gritando consignas no sexistas. Acompañamos, lloramos, exigimos. Y luego, irónicamente, parece que repetimos el estereotipo de las madres abnegadas que abrazan todas las causas, menos la de no ser la única que limpie la mierda que el resto de la familia deja en el baño. Nos hemos indignado con las miles de razones para la rabia que en este país caen como maná: diaria, gratuita e imperceptiblemente, pero no habíamos sido capaces de poner nuestras vidas y a nuestras muertas en el lugar protagónico de la política.
Y entonces, más tarde que temprano, surgió la convocatoria: hagamos la primavera violeta, salgamos a marchar contra las violencias machistas- así, en plural, como buenas hijas de los tiempos - mirémonos a los ojos y recordemos que no estamos solas, que esta lucha se pelea en colectivo, o las posibilidades de ganarla de plano desaparecen.
A mí el 24A me agarró en Saltillo, ni modo. Con el miedo de que no hubiera quórum suficiente, llegué al solazo norteño de las 5:00 pm en la Alameda, lista para al menos tomarle el pulso a esta ciudad que no termino de reconocer. Sorprendentemente, estaban poco más de 70 personas, en su mayoría mujeres, esperando que saliera el contingente. Todas ellas venían a la marcha con la actitud de ir a presentar una tabla gimnástica en la secundaria. No lo digo de forma peyorativa, lo digo porque se notaba un chingo de trabajo previo al aparecerse en la alameda a las 5:00pm: un grupo venía uniformado con camisetas negras y paliacates morados, todos del mismo tono;  otro grupo venía de color morado/violeta, todas cargando carteles con las mismas consignas y tipografía; había un par de niñas con muñecas con listoncitos violetas y consignas en miniatura, una señora repartía pulseras del mismo color. Yo llegué con el habitus chilango de estar 20 minutos después de lo citado y, 15 minutos antes de lo citado (o sea 35 antes de mi hora calculada), las amigas con las que iba a marchar ya me estaban llamando al celular para preguntarme que dónde estaba. Ésa era la atmósfera de los 15 minutos antes: 70 mujeres (y unos cuantos hombres), todas preparadas para marchar: tenis, botellas con agua, cantimploras, cachuchas, lentes de sol, pancartas traídas de casa, o sea, no hechas ahí al trancazo con un lápiz labial, uniformes.
En este extremo tono de organización, orden y cordialidad, protección civil apareció a tiempo, y educadamente le dijo a la organizadora que tenían órdenes de no dejar que cerraran la calle de victoria, por el tráfico. La organizadora dijo que entonces marcharíamos por Aldama. La agente de protección civil dijo que OK, que siguieran a la patrulla. La organizadora dijo que muchas gracias. La de protección civil se fue manejando la patrulla, acompañando las consignas con el claxon de tanto en tanto.
Finalmente salió el contingente, con el Colectivo Revolución Púrpura a la cabeza. Otra vez el orden presente: repartieron hojitas con las consignas impresas, y las íbamos gritando por orden numérico: primero la primera, después la segunda, y así sucesivamente. Las consignas eran las mismas de siempre: no me da la gana ser asesinada por quien dice que me ama; señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente; lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar, por una patria justa, feminista y popular. Y tiemblen, y tiemblen, y tiemblen los machistas, que América Latina será toda feminista.
No había ni un megáfono, ni un tambor, ni sonido, ni nada. Sólo las voces de quienes marchaban y se animaban a gritar consignas. No todo mundo gritaba, otras asistentes sólo se reían y alzaban sus cartelones para protegerse del solazo norteño y también, quién sabe, de las miradas de los transeúntes.
El grupo de adelante iba caminando demasiado rápido, así que la marcha duró más bien poquito: el tráfico no se interrumpió por más de 30 minutos. En la calle de Aldama la gente se paraba y salía de las boutiques y zapaterías como si se tratara de un desfile; se detenían en las banquetas, nos veían, sonreían burlonamente (algunos), solidariamente (muy pocos), sin expresión reconocible (la mayoría). Y bueno, tampoco había tantísima gente en las calles: eran las 5:30 y quizás ya mencioné muchas veces el factor solazo norteño.
Una periodista nos tomó fotos, mi amiga V. se rió y dijo ‘ahora sí mi mamá no se va a acabar la carrilla’, el resto del grupo soltó una carcajada. “A ver qué me dice mi novio cuando me vea en el periódico”, dijo otra también entre risas.
Llegamos a la plaza de la Nueva Tlaxcala, tampoco nos dieron permiso de ir a la de armas. Nadie sabía qué hacer: el contingente sonreía, alzaba otra vez las pancartas, ¡había durado tan poco! ¿y ahora qué hacemos?, me preguntó el tipo de al lado. No sé, le dije, esperemos a que las organizadoras den instrucciones. Pero ellas no daban instrucciones, y no tenían sonido, ni megáfono, ni pódium, ni nada. A alguien se le ocurrió que hiciéramos un círculo, lo hicimos. Seguimos gritando consignas otros 10 minutos, en orden. El sol, el calor, los ánimos que iban serenándose. La gente se empezó a dispersar: comprar aguas en el oxxo o sentarse en una sombrita en la acera de enfrente. Finalmente las organizadoras pusieron dos pliegos de papel estraza y marcadores en una pared y en el piso: que si queríamos podíamos pasar a escribir historias de MiPrimerAcoso, tema que había estado en las redes sociales de México desde el día anterior. Que no nos fúeramos, pronto llegaría el sonido y un espectáculo de belly dance.
El contingente feminista empezó a hacerse más difuso, familias se acercaban cuando finalmente llegó el sonido y puso una canción de rap, marchistas empezaron a irse, todo fue cambiando de colores. Ya no predominaba el violeta. Una vez terminado el espectáculo, cuando finalmente se leyó el comunicado, la mayoría de la gente ya no entendía muy bien qué tenía que ver una cosa con la otra.
Nosotros nos fuimos asoleados a buscar algo de tomar, sólo para llegar a un establecimiento después de las 8:00 pm, y que nos dijeran que ya se había terminado la venta de alcohol. Es domingo, y a esta hora ya no nos dejan, disculpen, estamos en Saltillo – nos dijo la irreverente mesera. Ni siquiera pudimos llevar a cabo el sagrado ritual de contarnos la marcha frente a un tarro de cerveza.
Todo fue así: novato, chiquito, esforzado, sin la espontaneidad del hábito, sin la práctica de externar la rabia o la alegría. Gente que iba con mucha expectativa y mucha decisión, y que se fueron contentas con la aventura de haber hecho algo, y de salir en el periódico ‘haciendo desmadre’, aunque el mayor desmadre, creo, fue no haber marchado por la banqueta.
Y, sin embargo, a mí es la marcha que más honestamente me ha hablado de despertares.
Entonces acá tengo que correr la cortina y hacer un flashback al lunes antes de la marcha, en casa de V., en donde nos reunimos tres chicas, V., y yo, a hablar sobre feminismo, decidir si íbamos a marchar juntas, y si nos íbamos a presentar como colectivo. Colectiva, les dije yo, porque ése es el léxico del movimiento feminista. Colectivo, corrigieron ellas, todavía no somos tan radicales.
Ese lunes todas, sin excepción, me dijeron como disculpándose que ‘estaban en pañales’. Una de ellas me dijo: ‘yo sí concuerdo con esto que estamos discutiendo, pero creo que me falta mucho para llegar a decirme feminista’. Las demás dijeron sentirse igual. Luego hablamos de procesos, y de cómo ser feminista es tan fácil como empezar por apropiarse ni más ni menos que del propio cuerpo: que nadie lo toque sin nuestro consentimiento, que nadie lo violente, que nadie lo consuma, que nadie lo juzgue, que nadie lo humille, que nadie le dicte la agenda ni le cuente las calorías.
Yo, feminista, abortista, solterona, sin hijos, que hace 8 años salí corriendo de la conservadora sociedad saltillense para volverme invisible en el D.F., el domingo marché junto a ellas, el naciente colectivo, y al verlas sonriendo para el periódico Vanguardia, y gritando por la calle de Aldama que la alerta feminista camina por Saltillo, no pude sino sentirme llena de admiración. Qué jodidamente valientes estas chicas que un día antes fueron a Suburbia a comprar camisetas del mismo color: violeta.



domingo, 14 de junio de 2015

Uno más

Las cosas disfrutables que últimamente hago los domingos: levantarme tarde, ir a almorzar con una amiga (M.), después ver con Y. cuatro capítulos al hilo de una serie con la que estamos clavadísimas.  Historias bonitas y milagrosas cómo es que M. y Y. terminaron siendo las mujeres que hoy me dedicaron una parte de su día: M., que fue esa desconocida que pasó por mi oficina a hablar sobre un caso de violencia sexual en C.U. hace unos meses, y Y., que hace muchos, muchos años, fue mi alumna en Saltillo.  A veces las cosas crecen de una manera tan impredecible y tan bonita, que no queda sino seguir asombrándonos ante el milagro de los cafés, las mañanas y las tardes compartidas precisamente con ellas.  La relación inicial era de funcionaria - colaboradora, maestra - alumna, y luego ellas dijeron y yo dije y respondimos y esto: el milagro de construir algo con alguien.

Después del almuerzo con M. pasé a la librería que estaba a dos pasos del lugar en el que comimos sendos chilaquiles con aguacate y crema. Vi un libro muy bonito de Danielewski que en la portada decía "del autor de House of leaves". Recordé a J.

J.

Una reflexión más extensa podría ser hecha sobre mi experiencia en estos meses con Tinder y las miles de cosas que he pensado algunos sábados y/o domingos sentada frente a extraños que no tengo ninguna intención de volver a ver. Con J., sin embargo, algo pasó diferente y me dieron ganas de que no fuera una sola vez, una sola charla, una sola ventana. Quizás porque la primera vez que nos vimos estuvimos cuatro horas seguidas sentados en un café riéndonos de Rayuela mucho rato. Pero riéndonos bien de Rayuela, o sea, como dos personas que lo leyeron - releyeron - disfrutaron - sufrieron y ligaron una parte de sus recuerdos juveniles a esa experiencia. O sea, no con el esnobismo hispteriano que dice 'qué hueva Rayuela' como un lugar común más de los ya muchos que nos rodean.
Total, que en una de las pláticas siguientes, J. mencionó House of Leaves con mucho amor. Me contó una anécdota al respecto y a mí, cursi as always, me conmovió mucho que alguien me enseñara de manera tan abierta su cariño por un libro. La anécdota además era que compró el libro dos veces y dos veces lo perdió, la segunda habiéndoselo prestado a un amigo (muy querido, supongo) que en un divorcio - naufragio perdió la mitad de sus libros, el de J. incluido.

Así que hoy en la librería cuando vi "The familiar, vol.1", el libro nuevecito de Danielewski (igual de bonito, bonito, codiciable que los anteriores) me dieron muchas ganas de comprarlo para J. Lo dudé un buen rato porque: 1) no estaba barato, 2) J. y yo no somos tan amigos y pues, no sé, no quisiera complicarlo demasiado quebrándose la cabeza pensando por qué una morra a la que ha visto dos veces le regala algo tan chido, y 3) porque J. últimamente ha estado medio raro conmigo, medio ansioso por dejarme claro que 'he's not that into me' .

El último argumento era el más pesado, así que dejé el libro y caminé hacia el otro pasillo. Pero después pensé que estaba siendo muy ridícula pensando casi peligrosamente en términos de merecimiento. Y yo odio, odio, odio, relacionarme con la gente bajo esas condiciones. Es decir: hay gente que no merece que le conteste los mails, y hay otra que merece mucho más de lo que he sido capaz de dar, y hay gente que merecería no estar ni siquiera en mi fb y que sigue ahí. No es porque no me dé cuenta de que han sido mala onda conmigo, de que me han hecho equis o ye cosa. Es sólo porque desde hace tiempo decidí que esa no era la forma en que yo quería llevar mi vida, pensando siempre si fulanito o sotanito se merece o no mi amistad/compañía/amor. Nope. Yo quiero hacer lo que yo quiera, también en esto. Lo que me salga de adentro, merecido o no. Éste es otro aprendizaje que me ha costado un chingo, pero con el que ahí voy.

Así que sonreí, me regresé y compré el libro. Pensé que sería una especie de experimento: te estoy regalando algo que seguro te va a gustar mucho por la única razón de que me dieron ganas de regalártelo. Es una acción autocontenida: ni forma parte de un plan, ni es con la intención de que me regreses nada, y ni siquiera con el propósito oculto de que me llames el fin de semana.

Además, J. y yo habíamos quedado de vernos hoy más tarde, así que ya está, según yo no había tiempo de pensarlo mucho. Cuando salí de la librería me sentí como niña chiquita anticipándose en la emoción de dar el regalo. O sea: tuve que contenerme para no mandarle un mensaje por whatsapp diciendo 'hey, te tengo un regalo que empieza con libro y termina con Danielewski' jaja.

El punto bonito/instructor de la tarde fue que justo estaba en eso cuando J. me canceló, again, el café de hoy.

Caminé al departamento cargando el libro y la desilusión (#dramaqueen). Me imagino que es poco probable que vuelva a ver a J. alguna vez y ahora pues, ya está. Si tan sólo me hubiera cancelado 20 minutos antes quizás ni siquiera hubiera tenido que entrar en mis dilemas de lo compro - no lo compro.

Fue una tristeza bonita anyway, comprar un regalo con mucho cariño y luego darme cuenta de que ni siquiera estaba el destinatario. Es una imagen triste amigues, tener ganas de dar algo y quedárselo guardado (esta ternura y estas manos libres, ¿a quién darlas bajo el viento?). Pero luego pensé que el experimento seguía en pie, y que hay qué ver que pasa ahora con ese libro. De entrada, obviamente yo lo voy a leer. De seguida: en diciembre lo voy a tener que regalar anyway porque tendré que deshacerme de al menos la mitad de mi biblioteca. ¿Quién será el o la afortunada que no estaba en los planes pero que va a terminar con The Familiar en su librero?

Parece que no tiene nada que ver con M. y Y. pero sí porque qué chingón que, de alguna forma, los regalos terminan sólo llegando. 

***
http://www.npr.org/2015/05/10/404917355/danielewski-returns-with-a-long-sideways-look-at-the-familiar?utm_medium=RSS&utm_campaign=books

domingo, 31 de mayo de 2015

Otro domingo

El punto es que el domingo empezó desde el viernes. El sábado me la pasé todo el día encerrada en el departamento viendo películas y leyendo (o sea: acabándome los recursos del domingo), así que el domingo despierto ya con mis 'fuerzas disminuidas', por decirlo de alguna forma. O sea: me despierto triste. Muy.

Tengo muchísima hambre porque no he comido nada desde ayer en la tarde, salivo sólo de pensar en un desayuno con proteínas (o sea: no con otro de mis yogurths griegos). Me cambio, tomo un taxi, me voy a un café hipster de Alvaro Obregón que me gusta mucho. Pido un desayuno muy sustancioso y veo el reloj: son las 11:00 am. Me propongo quedarme a leer hasta las 3 de la tarde. Estoy leyendo una novela de Chimamanda Ngozi Adichie que se llama 'Americanah'. Se trata de una morrita nigeriana (Ifemelu) que se va a vivir a Estados Unidos sola (es decir, sin sus papás, hermanos, novio) para estudiar la universidad. Los primeros capítulos fueron medio aburridos porque iban sobre la historia de amor de ella y el novio de la preparatoria (en Nigeria) y pues, no sé, como que ahí se repitió el lugar común de que eran el uno para el otro pero resulta que muchos años después ella está soltera (considerando volver a Nigeria), mientras que él está casado con una morra que no tiene nada que ver con Ifemelu: es linda, preocupada por el status social, extraordinariamente amable (mientras que Ifemelu fue siempre la salvaje contestona rebelde inteligente). A mí me suena tan, pero tan, pero tan conocido (¿ya conté que mi novio de la universidad, con quien los fines de semana nos tirábamos en un parque a leer  y leer y leer, ahora anda con una instructora de gimnasio que está buenísima y sube fotos sexys every single day, acompañadas con frases de superación personal con faltas de ortografía?). So: lugar común, pensé. Qué hueva.

Pero luego ya se pone mejor la novela. Los capítulos en los que cuenta los shocks culturales son jodidamente divertidos. Los disfruté mucho.

Total, a las 3 ya me siento cansada de leer y ya cumplí mi meta, así que pido la cuenta y me voy. Pero (la - puta - madre) otra vez lo de siempre: ¿y ahora a dónde voy? Pues al depa, supongo. En el depa me pongo a ver una película muy bonita que se llama Meteora;  trata sobre una monja y un monje (guapísimo) que viven en un convento en Grecia y que se enamoran y se aman. Es muy bonita, muy, muy bonita visualmente.

La película se termina y son las 5, apenas. Le escribo a A., quien me dice que ya se está quedando dormido. Me pregunta que qué voy a hacer el resto de la tarde y me pongo a llorar. 'No sé - le digo - este día está siendo terriblemente largo'. Pero luego le digo que no se preocupe, que descanse, que estoy bien.

A veces me siento tan tonta y tan ridícula. Podría hacer tantas cosas: tengo un chingo de libros sin leer, vivo en una ciudad gigantesca y podría ir otra vez a la cineteca, o al cine, o a comerme un postre rico a la Tratoria, o podría ir a caminar por ahí, o ver las series que me faltan o... no sé, hay muchas cosas posibles. Y sin embargo el pequeño 'pero' es que hacer cualquiera de esas cosas en este momento me implica muchísima energía. Todo el problema es la energía. Por ejemplo: tengo que convencerme de salir de casa, tengo que convencerme de quitarme la pijama, tengo que convencerme de hablarle o escribirle a fulanito a ver si quiere ir por un café. Es decir: podría perfectamente pasarme todo el día acostada sin hacer nada y soltando lagrimitas de cuando en cuando. Pero esa sola imagen me da tanta pereza que digo 'no, no tengo que hacer eso'. Así que en cambio pienso en otras cosas que podría hacer: 'tengo que irme a un café a leer otras tres horas', el punto es que seguir esos planes me significan muchísimo esfuerzo.

¿Suena tonto? ¿suena loco? ¿suena infantil? Quizás es todo en uno. ¿Pero y qué voy a hacer? ¿negar que esto está siendo difícil de manejar? ¿decir que no me muero de miedo ante la posibilidad de otra depresión - que es lo que MENOS necesito ahorita?

Es sin duda una buena estrategia eso de obligarme a hacer cosas. Pero hoy, la verdad, no las pude. Me la pasé toda la tarde llorando. Hice un intento por ver a M. y le mandé un mensaje diciéndole que si íbamos por un café pero ps, lo de siempre. Es decir, pasa que no me gusta decirle a la gente 'OYE, ESTOY SUPER TRISTE Y ME HARÍA MUCHO BIEN VERTE HOY', entonces más bien trato de dejarlo en 'nivel casual' y digo cosas como 'opción c) vamos por un café' y entonces pues, suena a mensaje de chica relajada que entenderá que no le respondan porque cualquier cosa pasó y no le pudieron responder. Pero como en realidad no hay chica relajada pues...

Me puse a llorar otra vez, y otra vez, y otra vez. Me dije que sentía muchísimo tener que estar viviendo estas cosas de esta manera. Que si tuviera una varita mágica en este momento pondría a dos amigos cercanos que no se cansaran de llamarme los domingos, y pondría muchas reservas de energía para hacer todas las cosas que podría hacer, y pondría un entorno más amable a mi alrededor (y me quitaría cinco kilos de encima ya que estamos....). Me acordé de Jaime, porque hace cinco años que estaba en una crisis parecida él tuvo la idea de ir por mí un domingo, sacarme de la cama, llevarme a Chapultepec  a que me diera el sol, invitarme un agua de fresa y traerme de regreso a casa. Quién sabe si Jaime lo recuerde y quién sabe si siga pasando por aquí pero gracias, gracias, gracias. A veces no deja de asombrarme la generosidad de las personas.

O sea que este domingo lo hice tan, pero tan, pero tan mal, que a las 7:30 me tomé un clonazepam. Lo siento muchísimo, ésta sigo siendo yo.


UPDATE:

Amigues, amigues, que no cunda el pánico. Hoy cuando pude abrir los ojos (a eso de las 8:00 am) vi que tenía varios mensajes en el celular de algunos de ustedes preocupados por mí. Estoy bien, en serio. Es el primer fin de semana que paso tan mal en lo que va del año y eso para mí está bien porque pues, no sé: cinco meses y un fin de semana malo no suena mal, no? Suena a que lo estoy haciendo bien. He sido depresiva por varios años y he aprendido que, igual que con el resto de los padecimientos, la cosa es tenerse paciencia, mucha, mucha paciencia. Tranquilo todomundo. Aunque si quieren invitarme un café será bienvenido =)


Un domingo

Me levanto tardísimo, creo que ayer me quedé leyendo hasta la madrugada. Además, he descubierto que levantarse tarde los domingos es un win - win: descansas todo lo que necesitas y el día dura considerablemente menos. En este caso son las 12:00 pm y yo estoy apenas saliendo del sueño y de la cama: acorté considerablemente las horas por venir.

Pero igual hay que levantarse, así que lo hago. Desayuno en cama un yogurth, que últimamente es mi dieta favorita de fines de semana; otro descubrimiento: puedo vivir a base de yogurth griego sin cansarme y sin quejarme.

Hablo un rato con mis seres queridos: hermana, mamá, A. Por primera vez en todo este tiempo empiezo a imaginarme cómo será estar en Sudáfrica: qué cosas quiero hacer allá, qué lugares quiero visitar, qué museos no me puedo perder. Es curioso, alguien como yo que ha salido tan pocas veces del país debería estar emocionadísima ante la idea del viaje que se aproxima: un mes completo en un continente totalmente diferente y, quizás más que diferente, totalmente ajeno para mí. No sé, quizás si fuera a París o Barcelona tendría un poco más de idea de qué esperar. Pero en este caso voy a Sudáfrica, país del que tengo un conocimiento considerablemente limitado: Mandela, el apartheid, el Mundial en el que cantaba Shakira.

Y es también chistosa la vida, que mi primer viaje largo fuera del país vaya a ser así, tan resultado del azar.

Creo que todos estos meses he tenido que concentrar todas mis energías en que no me lleve la chingada, así tal cual. Quizás por eso todos los fines de semana me siento cansadísima y sin ganas de salir de la cama o de la casa: me estoy gastando mis reservas de bienestar en soportar el ambiente laboral. No suena justo y no suena saludable.

Pero, como todavía no puedo renunciar, supongo que lo más sensato será ir tratando de que ese mundo sea menos abrasivo con mi vida. Así que por hoy trato de no pensar mucho en eso, de quitarle fuerza a lo que pasa, de concentrarme en mi vida que sí, por difícil que sea últimamente, excede lo que pasa en la oficina. Entonces me pongo a sacar cuentas: faltan apenas cinco semanas para irme. Tengo un montón de pendientes previos, empezando por ir a hacer el trámite de la visa, y luego ir a ponerme las vacunas contra la fiebre amarilla. ¿Y después qué?

Suspiro y me pongo a planear cosas que voy a hacer allá. La única cosa que tengo clara hasta el momento es que quiero ir a Ciudad del Cabo. Hurgando en internet descubro que hay un tren que viaja desde Pretoria hasta Ciudad del Cabo: dos noches incluidas porque el camino es larguísimo. Ni siquiera puedo imaginarme tanta felicidad, viajar dos días completos en tren por Sudáfrica suena a algo jodidamente bueno. Le llamo a A. para decirle que qué opina y él, como siempre, me dice que sí, que claro, que yo puedo hacer lo que yo quiera cuando esté allá. Que él no podrá acompañarme pero que si quiero me compra el boleto, si me animo a hacer el viaje sola - dice. Quizás a estas alturas del año no me entusiasma demasiado hacer un viaje sola otra vez, pero pff, es Sudáfrica y es un tren y suena como a la más loca de mis fantasías turísticas. Así que sí, espero hacerlo.

Otra cosa que quiero hacer estando allá es escuchar música. Tampoco sé muchas cosas de las tendencias musicales sudafricanas, y me imagino que habrá algún tipo de música postapartheid que me estoy perdiendo. Seguramente habrá un chingo de cosas que me estoy perdiendo y he desperdiciado todos estos meses tratando de estar en un nivel mínimo de 'bien' en vez de ponerme a estudiar cosas sobre Sudáfrica. Lo siento, soy una ñoña provinciana, mis únicos recursos para acercarme a una cultura tan diferente son las investigaciones por internet. Luego pienso que voy a estar allá y mi ojo va a dejar escapar un chingo de cosas por no haber ido con un mínimo de background que me alerte. Angustia y ya qué más, si tan sólo faltan cinco semanas.

Total, que me pongo a escuchar los discos de Vusi Mahlasela, quien fue (me entero) uno de los artistas más famosos anti apartheid. Me gusta. Quizás un par de canciones me suenan algo cursis, pero en general me gusta: es como caminar en la playa y dejar que un par de olas apenas me toquen las plantas de los pies. Estoy metiéndome en este país de a poquito.

Después de hacer esas breves búsquedas por internet me siento muy contenta y, por primera vez en muchos días, genuinamente entusiasmada por el futuro. Trato de que ese buen humor me dure un poco y lo aprovecho yendo sola a la cineteca.

Elijo Güeros, película que todomundo ha visto y discutido (menos yo). La función es a las 3:00, tengo que correr para llegar a tiempo y rogar que no llueva en el trayecto.  La película me gustó muchísimo, no entendí nada de la polémica alrededor (o sea, sí, la caricaturización de la huelga y eso pero en general qué onda vatos, parece que nunca han estado en una asamblea puma - yo sí he estado y pues, este, así que tú digas no manches que pensamiento político tan desarrollado pues, no). Quizás el único punto para mis notas mentales es que en realidad no sé casi nada de la huelga del 99. En ese entonces yo era una adolescente de 14 años cuya curiosidad por la realidad nacional era nula. Si acaso escuchaba las pláticas de mis papás y/o profesores, pero todas estaban basadas en lo que entonces era el lugar común de las opiniones de clases no-intelectuales sobre la huelga: que si a poco no sabían los muchachos de la UNAM que en provincia las cuotas de las universidades públicas eran de 2mil pesos al año y 800 al semestre; que si por qué no mejor se ponían a estudiar; que si por qué no valoraban las oportunidades que muchos de nosotros no teníamos (chamaquitos de provincia que en el 99 jamás hubiéramos podido estudiar historia, física, sociología o alguna de esas carreras que no se ofertaban en nuestras ciudades).








Pensando en eso me doy cuenta de que no he comido y me tomo un café con pan en uno de los restaurantes de la cineteca.

Termino y son casi las 6, pienso en regresar al depa pero algo adentro de mí se encoge de tristeza: ¿al depa? ¿y qué vas a hacer con las horas que te quedan? Pero tampoco tengo muchas opciones así que, ni modo, emprendo el camino de regreso a casa.

Llego a casa y se me ocurre que no tengo cigarros y que debo ir a comprar unos. A mi celular se le está acabando la batería, sólo voy a la esquina, lo dejo conectado. Agarro un billete de 100 pesos, las llaves que estaban sobre el buró, y salgo rápido. Cuando estoy en la esquina me doy cuenta de que agarré las llaves de la oficina, no las del departamento. Pánico. Domingo, 8 de la noche, poco varo, sin celular, sin llaves, sin certeza de que mi rumi vaya a regresar a dormir.

Me acuerdo de que M. vive en la esquina de mi casa. M. es un chico muy, muy listo, a quien conocí gracias a twitter. Salimos un par de veces pero luego pues, raro, la gente anda cargando sus prejuicios para todos lados. M. creyó que yo estaba buscando pareja y me dijo que lo sentía mucho, que yo le caía súper bien pero que seguía clavado con su ex. Yo me ofendí y solté un rollo sobre Hannah Arendt, la impredecibilidad de la acción, y lo estúpido que me parecía que me estuviera diciendo que no me quería volver a ver porque seguía clavado con su ex: ¿en tu cabeza no existe el horizonte de múltiples posibilidades? le dije, y luego creo que nos dejamos de ver.

Sin embargo, M. es la única persona a la redonda que sé dónde vive y cómo se llama. Así que voy a su departamento, toco, lo saludo como si nada 'Hey M., ¿estás muy ocupado?' . El M., sin embargo, es una persona lindilla que baja a abrirme y me propone que, en lo que llega mi rumi, vayamos a caminar por ahí. So: caminamos mucho rato. Vamos hasta universidad, compramos un café, regresamos al depa, no hay nadie, vamos a comprar pan, regresamos al depa, sigue sin haber nadie, subimos a su depa, me presenta a su gata, se pone a hacer té y nos ponemos a platicar.  M. es un tipo cultísimo, con un departamento lleno de libros, que trabaja como editor en conaculta y que, al parecer, puede hablar sobre literatura horas y horas. Así que habla sobre literatura horas y horas mientras yo tomo té, lo escucho, asiento de vez en cuando, me pregunto si de verdad Q. no va a regresar a dormir y si M. me daría chanza de dormirme en su sillón sin creer que le estoy echando los perros. Afortunadamente el mundo nunca lo sabrá porque luego lo acompaño a comprar un garrafón y veo que Quique está doblando la calle: grito, corro, lo alcanzo, le quito las llaves: estoy salvada.

Pienso que es una lástima que M. y yo no seamos amigos. En estos 6 meses de soledad en el D.F. he comprobado lo que el Kanano me dijo alguna vez: a tus amigos los vas a conocer antes de la universidad, luego todo está manchado por las posibilidades de sexo - noviazgo - matrimonio. Bueno, quizás no ha sido tan así, pero de alguna forma sí. En todo caso, yo soy una mujer que casi nunca le tiene miedo a las posibilidades. A mí me gusta mucho pensar en eso de que 'podemos ser amigos e incluso todo lo que queramos' y ese 'todo lo que queramos' significa exactamente eso: podemos ser amigos que se besan o no, podemos ser amigos que se ven una vez al año para ir al cine, podemos ser amigos que no se ven nunca pero se escriben correos largos, podemos ser amigos que se juntan una vez al mes a ver películas de Kim Ki Duk, podemos bla, bla, bla, bla. Lo malo es que siempre me cuesta mucho convencer a los vatos de eso. 'Hey, podemos ser amigos o incluso todo lo que queramos' y ellos, por alguna razón, escuchan 'HEY, tengo 30 y estoy buscando un marido, te estoy diciendo que podemos ser amigos para luego irme a vivir a tu departamento' jajaja y pues la hueva mil.

El domingo estuvo bastante llevadero, me duermo otra vez escuchando a Vusi Mahlasela; espero no llegar a SA y que todomundo se ría de mis referencias culturales. Pero mientras pues, está chido:



domingo, 24 de mayo de 2015

Crónicas dominicales, 0

Predeciblemente, siempre he encontrado difíciles los domingos. Ya sé que es predecible porque ya sé que es un cliché de famas-atormentadas y muchachas melancólicas. Y yo, bueno, ya sabemos: a veces soy un cliché encarnado en cada uno de mis 150 centímetros de estatura. 

Pero el domingo es un día feo, lo creo de verdad.  Ese día - frontera que no termina muy bien de ser una cosa ni la otra. Ni total descanso porque hay que prepararse para la semana, ni total semana porque es oficialmente el día de descanso. Es un día para recordar que no importa quécómocuándo, la vida tira siempre para adelante. No hay remedio: estamos atrapados entre días que empiezan y se acaban cada vez, cada 24 horas, sin posibilidad de pausas, ensayos o backstages. 

Cuando era niña los domingos me ponía a hacer la tarea, sacar el uniforme, bolear mis zapatos, "hacer la mochila" (que quería decir: organizar los cuadernos que me tocaba llevar cada día de la semana). Cuando era adolescente los domingos me entraba un anhelo casi irrefrenable por tener otra vida.  Me imaginaba adolescencias menos sosas que la mía: un novio (rubio, lindo, detallista), el cine (al que iría con el novio rubio lindo detallista), amigas divertidas, etc., etc.... tenía una cabecita bastante promedio muy influida por las telenovelas y las películas gringas.

 En cambio, entonces los domingos eran familiares. Pero no, no con ese concepto de 'familiar' tan mexicano folclórico nostalgiable. Las nuestras no eran comidas típicas con pláticas interminables. En casa sólo éramos nosotros cinco, ninguna familia extensa para añadir a la fotografía. Y los domingos, por lo general, mi papá en la tarde nos invitaba a esa costumbre tan rara y tan de provincia (impensable en el D.F.) de "dar la vuelta", que era básicamente subirnos al carro y pasear. Mi papá al volante elegía la ruta siempre: una hora completa de manejar sin rumbo por la ciudad. A veces la vuelta terminaba antes, con la camioneta parada en la plaza de armas. Era chistoso porque no hablábamos mucho. Yo sólo recuerdo ir sentada en el asiento de atrás, viendo por la ventana, escuchando Estéreo Saltillo (canciones bobas, cursis, melosísimas que aderezaban mis sufrimientos pubertos) y deseando ser otra. Entonces 'desear ser otra' me atormentaba un poco: era un deseo que me producía mucha culpa. Luego de una maestría en sociología y chingos de años de terapia entendí que ese deseo es 1) natural, y 2) un móvil poderoso; pero ese entendimiento vino muchísimo después. 

Luego siguieron muchos años con domingos manejables. Toda la universidad siendo novia de C., los domingos significando que nos veríamos. Domingos de tesis, domingos de tareas, bla, bla, bla. Domingos de lectura, porque lo cierto es que si soy una adicta a las novelas es porque había domingos en los que lo único que se me ocurría para matar la tarde era ponerme a leer como loca. Y estuvo bien porque era así: leía horas completas, me aburría, recordaba que no tenía nada más que hacer, tomaba agua y volvía a leer horas completas.  Nada de glamour por aquí, nada de niña proyecto que llevaban a la librería a los cinco años, nada de papás intelectuales leyéndole a sus hijas. En cambio: me convertí en una lectora porque descubrí que era una buena estrategia para matar el tedio dominical. 

Y de repente: esto. Treinta años y otra vez los domingos convirtiéndose en pesadillas. Es un miedo raro y difuso y tonto, pero cuando me despedí de A. lloraba, lloraba, lloraba y pensaba '¿qué mierdas voy a hacer ahora los domingos?'. Fue un cambio brusco porque estos días dejaron de ser pompas de jabón que A. y yo reventábamos con facilidad y deleite para convertirse, otra vez, en ese pesado reto de 24 horas por delante todas para mi solita. 

Muy bien: logré tener un trabajo que me hace funcional de lunes a viernes. Conseguí amigas/os  con quienes ir a echar una chela los viernes y quizás un café el sábado. Pero he descubierto, claro, que los domingos son días muy íntimos: los días de la pareja, de la familia, de ver a la hija/o, de estar en casa de los tíos viendo futbol, de pasear al perro e ir a hacer la compra con el marido. 

Mi situación se ha hecho especialmente concreta los domingos: sola, soltera, sin familia cerca, en una ciudad en la que es cabronamente complicado armarse círculos íntimos no mediados por el parentesco. 

Pero ninguna de esas cosas es algo malo. De hecho, muchas de esas cosas yo las he elegido. Así que aquí vamos, intentando demostrarnos una - vez - más que la vida es una mierda pero bueno, ya está, algo hay que hacer con ella. 

So: voy a tratar de escribir en este blog mis crónicas dominicales. Algunas serán muy de hueva con cosas como "fui al súper, escuché un disco completo dando vueltas por los pasillos, sólo compré cinco yogurts y un kilo de manzanas". Pero no me importa porque pues, eso, tengo que sacarle fotos a estos días - pulso. Tengo que gustarme los domingos, y escribir siempre me ha parecido una estrategia relativamente útil para gustarme. 

Si antes se trataba de imaginarme otra, ojalá esta vez se trate de cosechar todo lo que esas imaginaciones han sembrado los últimos 15 años, aunque sea un poquito. 

jueves, 12 de marzo de 2015

Calafate mon amour

Conclusión nada original que pensé mientras veía los glaciares en Calafate: viajar se trata, sobre todo, de encontrar matices. Ninguna experiencia que me vaya a cambiar la vida, ninguna reflexión que no se hubiera aparecido en otro momento/lugar, ningún sentido pendiendo de la copa de un árbol en el Amazonas, ninguna respuesta escondida en las arenas de qué playa. Simplemente viajar hasta acá, tan lejos, para darme cuenta de que el hielo se ve azul, de que los tonos del azul cambian con la luz, y de que son las sombras azuladas más hermosas que he visto en mi vida.

Vivir también se trata de encontrar matices. La mía es una búsqueda que se conforma con minucias, aunque siempre digo que más que minucias se trata de miniaturas (que por supuesto que no, señores, no es lo mismo de ninguna forma). La belleza de las células y los vasos sanguíneos. El pasmo de saber que todos esos colores viajan en nuestro interior todos los días, sin descanso.

Y hoy me siento otra vez delante de esta cosa desconocida, y después de un rato pienso que son otra vez matices, tonalidades de las que no me había percatado, colores parecidos pero no tan brillantes.

Esta cosa desconocida es la experiencia hasta hace poco felizmente ajena de extrañar a alguien tan concretamente. ¿Ya se fijaron que estoy haciendo una suerte de oxímoron juntando las evocaciones con lo concreto? Lo que yo extraño es su olor, su risa, sus dientes blancos, su abrazo en las mañanas, su sonrisa cada que abría la puerta de su casa para dejarme entrar, sus camisas de franela, su mano cariñosa tallándome la espalda en la ducha, sus respuestas entredormidas a mis soliloquios nocturnos, su trajinar en la cocina mientras yo me sentaba a esperar a punta de quejas que se cociera cualquier cosa que estuviera en la estufa.

No es la violencia del madrazo del desamor. No es la angustia de las futuros presentes sin su compañía. No es la desesperación del conocimiento de que algo hubo (después de todo) que yo pude haber hecho para evitar esto.

Es en cambio la resignación, la certeza de que no importa cuánto llore, cuánto diga, cuánto piense: la única cosa que puedo hacer es convertirme en cauce y esperar. Es, sin embargo, la tristeza más profunda (aunque no la más grande ni la más abrumadora) que he sentido en mucho tiempo y que ahora entiendo, dolorosamente entiendo: una cosa que te acompaña todo el tiempo de manera silenciosa, que es tan mía, tan interna, tan fabricada con mi exclusiva materia prima de recuerdosmiedosproyecciones, que sólo la dejo aparecerse un ratito cada noche para verla y guardarla otra vez.

Hasta el día siguiente. Y luego al otro y al otro y al otro. 

Es el brillantísimo matiz de un espejo que refleja algo perdido.