lunes, 22 de agosto de 2016

Otra vez extraño escribir, y otra vez regreso al blog porque no sé a dónde más. Aunque hace varios meses dije que ya nunca jamás iba a volver por aquí, que no tenía caso, que ya pasó de moda, que ni siquiera escribo chido. Así que desde hace varios meses mis ejercicios de escritura se han divido en dos: por una parte cosas que creo que son serias y podrían publicarse en algún lado menos anónimo que acá (pero en realidad parece que no tanto porque de ninguna revista de arte/cultura me han respondido), y por otra parte correos, muchos correos que mando casi todas las semanas a los afectos que andan regados por la Ciudad de México, Saltillo, Londres, Sudáfrica.

***
Hace varios años fui a una cantina con un entonces amigo, y unos tipos de otra mesa quisieron acercarse a la de nosotros. Mi entonces amigo se puso a discutir con uno de ellos un tema aburrido, y yo me puse a platicar con una señora no me acuerdo de qué. Sólo me acuerdo de que entonces yo estaba medio peda, y medio perdida con mi vida, así que le dije eso ‘creo que no sé qué quiero hacer con mi vida’; la doña me dijo que el consejo que le daría a una hija (si la tuviera) sería ‘haz lo que querías hacer cuando eras niña’.

Pues yo cuando era niña quería ser escritora. Leía, y leía, y leía, acorralada por el tedio dominical, mi nula vida social, y mis nulas actividades extraescolares. Creo que leer y escribir van de la mano, porque ya desde entonces se me ocurrió que si disfrutaba tanto leer, pues imagínense cuánto mejor sería escribir. Así que ñoñísimamente escribía cuentos y ‘reflexiones’, pero creo que ya desde entonces me salían puras cosas cursis que trataban de imitar a Las Mujercitas.

Mi biografía lectora es un espejo de mi biografía en todo lo demás: he ido improvisando con mayor o menor fortuna, porque resulta que nunca he tenido mentores/as ni modelos. Es como cuando digo: ‘soy la primera de mi casa en ir a Estados Unidos’ jajaja. Se oye bien tonto, pero es neta: a mí nadie me explicó cómo moverme en un aeropuerto, cómo pedir explicaciones, cómo no tener miedo a situaciones desconocidas. Así que voy por la vida muriéndome de miedo y de emoción al mismo tiempo, y voy por la vida improvisando.

Con las letras me pasó exactamente lo mismo. Jamás voy a terminar de agradecer que mi mamá me comprara libros con el dinero de las tandas, pero básicamente me dejaba leer lo que quisiera, pensando que ‘qué hijas tan raras éstas que piden libros cada cumpleaños’. Se supone que aquí los/as profesores podrían haber jugado un papel importante, pero pues educación mexicana en la que me exigían leer a Paulo Coelho y a Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Una de mis tías con varo una vez nos regaló a mi hermana y a mí como cinco libros de CCS, ‘a ustedes que les gusta tanto leer, creo que esto vale la pena’. Seguramente vio la recomendación en algún lado (en uno de esos programas matutinos, tal vez), fue a un Soriana, los compró para ella y luego le dieron hueva y nos los regaló. Mi hermana y yo los leímos todos, y perdón pero yo consideré en aquellos entonces que ‘Un grito desesperado’ era una novela muy buena y muy fuerte. Ja.

Así que nunca hubo una de esas voces autorizadas que me dijeran ‘oye, lee esto, no leas aquello’. Todo ha sido al tanteo: pérdidas de tiempo, hallazgos luminosos de los que me doy todo el crédito. Quizás por eso no soy una de esas mamonas de la literatura que ven por encima del hombro a quienes piensan que Benedetti es un buen escritor. Quizás por eso en realidad me vale valía madre ir por la vida inventando mi propio canon de autores desconocidos. Como ahorita, que en vez de estar leyendo a uno de esos clásicos que no conozco, estoy leyendo a una coreana desconocida (Han Kang) porque me interesó una reseña que leí de la manera más random en un aeropuerto. También estoy leyendo a Bessie Head, que según me entero es una autora obligada en la literatura africana/poscolonial/feminista. ¿Pero saben cómo descubrí a Bessie Head? Porque en la recepción de clausura del curso de N.Y. un tipo me dijo que estaba haciendo su tesis sobre los libros de Toni Morrison y de Bessie. Yo estaba medio peda (jaja, para variar), y le dije que me encanta Toni Morrison, pero que a la otra morra no la conocía. Luego, como estaba peda, me entró la angustia de que al otro día no me iba a acordar, así que le pedí al tipo que me escribiera el nombre en un papelito. Semanas después me acordé y me puse como loca a buscar sus libros. Voy siguiendo pistas, pero son pistas bien desorganizadas y que no siempre llevan a buenos lugares.

Quizás en la lectura es así, y aunque es un poco raro que haya leído tanta autora africana y tan poco de José Emilio Pacheco o de Carlos Monsiváis, pues creo que me siento ligeramente cómoda con mi trayectoria lectora. Siempre puedo fingir que es más por hipster que por ignorante. O siempre puedo quedarme callada y no contar la historia de que en mi familia mi abuela era la única que leía ficción, pero creía que Isabel Allende era una gran escritora. Hola otra vez, Bourdieu!

Con la escritura me pasan cosas más complicadas. Por ejemplo, que nunca tuve la garra de decir en serio que ‘quiero ser escritora’ y ponerme a pensar en cómo hacerle. Y ese mentor/a que en las narrativas de los escritores siempre aparece, en la mía sigue echándose de menos: nadie me dijo que podía dedicarme a eso, que podía vivir de eso, que no tenía que ser una persona genial para escribir libros que pudieran publicarse y venderse. Porque cuando era morrita y podía escoger, para mí ser ‘artista’ estaba tan lejano como ser rubia, delgada y tener un novio guapo: cosas completamente fuera de mi universo de lo posible. Me imaginaba que ser ‘artista’ era una cosa extraordinaria, que tenías que haber nacido con ese talento manifestándose quién sabe de qué manera, a través de quién sabe qué trances. Nunca se me ocurrió que era una cosa de aprender y que, aunque difícil, había un camino más o menos claro de cómo-le-hace-una-para-dedicarse-a-esto.

El contexto familiar no ayudó mucho, y en una comunidad en la que me decían que si me salía de medicina iba a ser una fracasada, haber terminado escribiendo sociología es ya una transgresión suficiente, creo.

Pero este año pasaron cosas en mi vida. Renuncié al trabajo, he vivido estos 8 meses en casas prestadas, he viajado, ido, regresado. De repente estuve en N.Y. tomando clases con una morra famosísima, o estuve en Sudáfrica en una zona pobre escuchando una conferencia de Bill Gates, o estuve hablando con un diplomático chavista, o en la Ciudad de México en un bar feminista en donde una morra me dijo que si no soy lesbiana es por miedo a renunciar a mis privilegios heterosexuales. Y de repente pensé que quizás, después de todo, todavía podía darle vuelta al volante y ponerme a escribir ‘en serio’. Sin mucha idea de qué quiere decir ‘en serio’, supongo que algo tiene que ver con publicar y que alguien te lea.

Pero resulta que no, porque ahora estoy grande, no tengo contactos, no tengo redes, no sé cómo funciona el asunto de la publicación fuera de la academia y, sobre todo, no escribo lo suficientemente bien como para dedicarme a eso. Por eso me enojé con el blog, y por eso dije que ‘nunca más’: porque es una cosa para aficionados, porque al final de todas formas nadie me lee, porque es (y esto lo escribí en varios mails) como si fuera una niña que se pone a hacer dibujitos cuando su mamá la lleva a su oficina porque no tuvo con quién dejarla, y entonces todo mundo dice “qué bueno que la niña, tan buena, se entretiene solita”, y la mamá da gracias a dios de que así sea y le dice a la niña que sus dibujos están bien chidos y que los va a pegar en el refri.

Así que los últimos dos meses, además de todas las cosas que ya van tomando forma en una bonita y bien conocida depresión (de la que además ya qué hueva escribir), me he dedicado a hacer una especie de duelo por eso que no fui. Que no soy.

Me tardé un montón en tomarme en serio a la niña que fui, y luego en darme cuenta de que mejor no. Envejecer a lo mejor es eso: darle cuentas a nuestros yoes anteriores, y llorarles un poquito en sus pequeñas tumbas. 

lunes, 2 de mayo de 2016

24A

Dejó acá el primer texto que he presentado en el seminario del que ya les conté. 

El primer comentario que me hicieron estuvo bien mala lechoso. Empieza diciendo el vato que "quizás no es mi papel decir esto, pero no entiendo por qué estamos discutiendo este texto en un seminario de literatura" jajaja. Luego: que estaba cursi, que no se entendía, que no le parecía chida mi postura de una feminista que se burla de otras mujeres (?),  que las cursivas qué pedo, etc., etc.

Sin embargo, los comentarios de El Maestro fueron bastante buenos. Dijo que él quitaría la parte editorial porque era políticamente correcta y no aportaba mucho al debate (o sea los tres primeros párrafos), que la parte periodística estaba 'en su punto', y que lo más potente era la onda de la 'crónica gonzo' pero que me faltaba enfatizarla. Luego se tiró un rollo muy interesante de por qué a estas alturas ya es ridículo decir que un texto no tiene valor literario sólo porque no puedes decir a qué género pertenece, es más, que eso del género ya ni se usa. Punto para la dama, creo.

Cuando salimos, rumbo a las chelas de cada miércoles post seminario, El Maestro caminó conmigo y me dijo que 'me gustó mucho tu texto. O sea no todo, hubo cosas que no me gustaron, pero en general está bien'. 

Y pues quiero decirles que eso es lo mejor que alguien puede decirte, porque he descubierto que en estas ondas de los talleres de escritura NO SE USA, es más, está prohibido eso de decirle a alguien que 'qué chingón  tu texto', o 'me gustó mucho'. No amigues, acá el chiste es tirar trancazos. Son muy rudos estos escritores, y contrasta muchísimo con mis talleres académicos buenaondita y chairos sobre el espíritu de construir en colectivo. No sé, raro. Luego escribo más de esto. 

También luego escribo de que no puedo creer la forma en que convertí estos meses de recuperación en Saltillo, en una cosa desordenadísima, una montaña rusa de emociones, un caos del que ya quiero escapar. Tengo el super talento de hacer tormentas en vasos de agua. 

Mientras, dejo 'el texto sin género reconocible' acá. Es una primera versión, lo tengo que seguir trabajando con los comentarios que me hicieron, pero la neta tengo un chorrísimo de trabajo y no sé si se va a poder. En fin. 

(Ah, y sí, otro tipo me criticó que puse que todo empezó con las muertas de Juárez, que le asombraba que 'una feminista  no sepa que esto ha estado presente siempre en la cultura mexicana'. Y sí, sí sabía. Pero quise empezar con Ciudad Juárez siguiendo la propuesta de Rita Laura Segato sobre los cuerpos de las mujeres, la pedagogía de la crueldad y las nuevas formas de la guerra en México. Le hubiera contestado eso al tipo, pero está prohibido que respondas cuando te están comentando. Es más: está prohibido que te hablen, todomundo tiene que hablar onda 'me sorprende que la autora haya tomado la decisión de hacer catarsis al final' jajaja.)

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24A
El horror que se escribe en este país sobre los cuerpos de las mujeres no es nuevo: empezó hace un par de décadas con las muertas de Juárez y, desde entonces, no ha hecho sino cambiar de sedes, formas y discursos. Sin embargo la constante pues, es eso, una constante: mujeres violadas, asesinadas, desaparecidas, desmembradas, cercenadas, perdidas. Cuerpos desechables, notas rojas, interminables discusiones políticas. La consecuencia de todo, parecía hasta hace pocas semanas, era la naturalización de esa violencia: aceptar como destino inevitable que México es una patria que siempre trae un ojo morado.
La pregunta, entonces, es por qué tardamos tanto en movilizarnos en torno a este tema. Quizás no es La pregunta, pero al menos es una cosa que no he dejado de pensar desde que salió la convocatoria para la marcha del 24 de abril, y mis amigas feministas en Facebook y en todos lados alzaron la voz para celebrarlo: ¡ya era hora! Claro, ya era hora, ya hasta se nos estaba haciendo tarde, pero ¿por qué tardamos tantísimo? Yo he salido a marchar por el desafuero del peje, porque nos robaron la presidencia, por el movimiento 132, para pedir la democratización de los medios de comunicación en México y, obviamente, por los 43 estudiantes desaparecidos en el 2014.  En todas esas coyunturas marché en contingentes feministas. Ahí estuvimos, vestidas de violeta y gritando consignas no sexistas. Acompañamos, lloramos, exigimos. Y luego, irónicamente, parece que repetimos el estereotipo de las madres abnegadas que abrazan todas las causas, menos la de no ser la única que limpie la mierda que el resto de la familia deja en el baño. Nos hemos indignado con las miles de razones para la rabia que en este país caen como maná: diaria, gratuita e imperceptiblemente, pero no habíamos sido capaces de poner nuestras vidas y a nuestras muertas en el lugar protagónico de la política.
Y entonces, más tarde que temprano, surgió la convocatoria: hagamos la primavera violeta, salgamos a marchar contra las violencias machistas- así, en plural, como buenas hijas de los tiempos - mirémonos a los ojos y recordemos que no estamos solas, que esta lucha se pelea en colectivo, o las posibilidades de ganarla de plano desaparecen.
A mí el 24A me agarró en Saltillo, ni modo. Con el miedo de que no hubiera quórum suficiente, llegué al solazo norteño de las 5:00 pm en la Alameda, lista para al menos tomarle el pulso a esta ciudad que no termino de reconocer. Sorprendentemente, estaban poco más de 70 personas, en su mayoría mujeres, esperando que saliera el contingente. Todas ellas venían a la marcha con la actitud de ir a presentar una tabla gimnástica en la secundaria. No lo digo de forma peyorativa, lo digo porque se notaba un chingo de trabajo previo al aparecerse en la alameda a las 5:00pm: un grupo venía uniformado con camisetas negras y paliacates morados, todos del mismo tono;  otro grupo venía de color morado/violeta, todas cargando carteles con las mismas consignas y tipografía; había un par de niñas con muñecas con listoncitos violetas y consignas en miniatura, una señora repartía pulseras del mismo color. Yo llegué con el habitus chilango de estar 20 minutos después de lo citado y, 15 minutos antes de lo citado (o sea 35 antes de mi hora calculada), las amigas con las que iba a marchar ya me estaban llamando al celular para preguntarme que dónde estaba. Ésa era la atmósfera de los 15 minutos antes: 70 mujeres (y unos cuantos hombres), todas preparadas para marchar: tenis, botellas con agua, cantimploras, cachuchas, lentes de sol, pancartas traídas de casa, o sea, no hechas ahí al trancazo con un lápiz labial, uniformes.
En este extremo tono de organización, orden y cordialidad, protección civil apareció a tiempo, y educadamente le dijo a la organizadora que tenían órdenes de no dejar que cerraran la calle de victoria, por el tráfico. La organizadora dijo que entonces marcharíamos por Aldama. La agente de protección civil dijo que OK, que siguieran a la patrulla. La organizadora dijo que muchas gracias. La de protección civil se fue manejando la patrulla, acompañando las consignas con el claxon de tanto en tanto.
Finalmente salió el contingente, con el Colectivo Revolución Púrpura a la cabeza. Otra vez el orden presente: repartieron hojitas con las consignas impresas, y las íbamos gritando por orden numérico: primero la primera, después la segunda, y así sucesivamente. Las consignas eran las mismas de siempre: no me da la gana ser asesinada por quien dice que me ama; señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente; lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar, por una patria justa, feminista y popular. Y tiemblen, y tiemblen, y tiemblen los machistas, que América Latina será toda feminista.
No había ni un megáfono, ni un tambor, ni sonido, ni nada. Sólo las voces de quienes marchaban y se animaban a gritar consignas. No todo mundo gritaba, otras asistentes sólo se reían y alzaban sus cartelones para protegerse del solazo norteño y también, quién sabe, de las miradas de los transeúntes.
El grupo de adelante iba caminando demasiado rápido, así que la marcha duró más bien poquito: el tráfico no se interrumpió por más de 30 minutos. En la calle de Aldama la gente se paraba y salía de las boutiques y zapaterías como si se tratara de un desfile; se detenían en las banquetas, nos veían, sonreían burlonamente (algunos), solidariamente (muy pocos), sin expresión reconocible (la mayoría). Y bueno, tampoco había tantísima gente en las calles: eran las 5:30 y quizás ya mencioné muchas veces el factor solazo norteño.
Una periodista nos tomó fotos, mi amiga V. se rió y dijo ‘ahora sí mi mamá no se va a acabar la carrilla’, el resto del grupo soltó una carcajada. “A ver qué me dice mi novio cuando me vea en el periódico”, dijo otra también entre risas.
Llegamos a la plaza de la Nueva Tlaxcala, tampoco nos dieron permiso de ir a la de armas. Nadie sabía qué hacer: el contingente sonreía, alzaba otra vez las pancartas, ¡había durado tan poco! ¿y ahora qué hacemos?, me preguntó el tipo de al lado. No sé, le dije, esperemos a que las organizadoras den instrucciones. Pero ellas no daban instrucciones, y no tenían sonido, ni megáfono, ni pódium, ni nada. A alguien se le ocurrió que hiciéramos un círculo, lo hicimos. Seguimos gritando consignas otros 10 minutos, en orden. El sol, el calor, los ánimos que iban serenándose. La gente se empezó a dispersar: comprar aguas en el oxxo o sentarse en una sombrita en la acera de enfrente. Finalmente las organizadoras pusieron dos pliegos de papel estraza y marcadores en una pared y en el piso: que si queríamos podíamos pasar a escribir historias de MiPrimerAcoso, tema que había estado en las redes sociales de México desde el día anterior. Que no nos fúeramos, pronto llegaría el sonido y un espectáculo de belly dance.
El contingente feminista empezó a hacerse más difuso, familias se acercaban cuando finalmente llegó el sonido y puso una canción de rap, marchistas empezaron a irse, todo fue cambiando de colores. Ya no predominaba el violeta. Una vez terminado el espectáculo, cuando finalmente se leyó el comunicado, la mayoría de la gente ya no entendía muy bien qué tenía que ver una cosa con la otra.
Nosotros nos fuimos asoleados a buscar algo de tomar, sólo para llegar a un establecimiento después de las 8:00 pm, y que nos dijeran que ya se había terminado la venta de alcohol. Es domingo, y a esta hora ya no nos dejan, disculpen, estamos en Saltillo – nos dijo la irreverente mesera. Ni siquiera pudimos llevar a cabo el sagrado ritual de contarnos la marcha frente a un tarro de cerveza.
Todo fue así: novato, chiquito, esforzado, sin la espontaneidad del hábito, sin la práctica de externar la rabia o la alegría. Gente que iba con mucha expectativa y mucha decisión, y que se fueron contentas con la aventura de haber hecho algo, y de salir en el periódico ‘haciendo desmadre’, aunque el mayor desmadre, creo, fue no haber marchado por la banqueta.
Y, sin embargo, a mí es la marcha que más honestamente me ha hablado de despertares.
Entonces acá tengo que correr la cortina y hacer un flashback al lunes antes de la marcha, en casa de V., en donde nos reunimos tres chicas, V., y yo, a hablar sobre feminismo, decidir si íbamos a marchar juntas, y si nos íbamos a presentar como colectivo. Colectiva, les dije yo, porque ése es el léxico del movimiento feminista. Colectivo, corrigieron ellas, todavía no somos tan radicales.
Ese lunes todas, sin excepción, me dijeron como disculpándose que ‘estaban en pañales’. Una de ellas me dijo: ‘yo sí concuerdo con esto que estamos discutiendo, pero creo que me falta mucho para llegar a decirme feminista’. Las demás dijeron sentirse igual. Luego hablamos de procesos, y de cómo ser feminista es tan fácil como empezar por apropiarse ni más ni menos que del propio cuerpo: que nadie lo toque sin nuestro consentimiento, que nadie lo violente, que nadie lo consuma, que nadie lo juzgue, que nadie lo humille, que nadie le dicte la agenda ni le cuente las calorías.
Yo, feminista, abortista, solterona, sin hijos, que hace 8 años salí corriendo de la conservadora sociedad saltillense para volverme invisible en el D.F., el domingo marché junto a ellas, el naciente colectivo, y al verlas sonriendo para el periódico Vanguardia, y gritando por la calle de Aldama que la alerta feminista camina por Saltillo, no pude sino sentirme llena de admiración. Qué jodidamente valientes estas chicas que un día antes fueron a Suburbia a comprar camisetas del mismo color: violeta.



jueves, 31 de marzo de 2016

Disfraces, cuerpos, matices

Al final no me fui a S.A. O por lo menos no por ahora.  

Pasó eso que los escritores dicen 'lo que viene de afuera', me ofrecieron un trabajo en Saltillo, decidí quedarme acá hasta junio. 

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Necesitaba hacerme nuevas rutinas en Saltillo para no morirme de aburrimiento, así que entre estas cosas se me ocurrió probarme un disfraz. O mi versión de probarme un disfraz: entrar a un seminario de escritura creativa que dicta un reconocido escritor del norte de México. 

Lo primero: los saltillenses neta están bien cabrones en su trato con la gente. Parece que todo mundo piensa que lo normal, si no conoces a alguien, es ignorarla. Y parece que aunque se conozcan de todas formas a veces se ignoran, pero de esto no estoy muy segura. 

Ya sé que yo soy saltillense y que se lee pésimo que ande hablando mal de la gente del terruño nomás porque viví unos años en 'la gran ciudad'. Pero no es por eso, no se apuren, a mi los saltillenses me caen mal desde mucho antes. Baste como evidencia que mi generación en economía me cae mal, les caigo mal, no me invitaron a la fiesta de graduación.  ¿Me hace eso sentir triste? Pues la neta no, la neta me vale. 

Total, que acá me he dedicado de forma consciente y estudiada a colarme en los eventos sociales del seminario: las chelas a las que no les quedó más remedio que invitarme, el café que a alguien se le pasó mencionar en el grupo público de fb, cosas así. ¿Me da pena? No, no me da pena, en Saltillo estoy jugando. Todavía no sé a qué, pero estoy jugando y me divierte colarme a sus chelas intelectualoides como si fuera una infiltrada. 

Han salido cosas padres. Pero algo que me choca es que el maestro 

(debería quizás escribir: El Maestro, porque es como que todos/as los que van al seminario lo hacen buscando ser no sus interlocutores sino sus discìpulos. Bueno, esa impresión me da aunque él dice que nel. Pero si neta quieren saber qué piensa una persona de sí misma, yo creo que sólo hay que ver qué tanto escucha a los demás. ¿Crees que eres bien progre pero te la pasas interrumpiendo a todo mundo? Amigo, en el fondo crees que eres más chingón que todos los de la mesa). 

El Maestro se la pasa diciéndome que 'deja de pensar como académica'. O sea no puede una decir que quiere escribir crónicas sobre la semiótica del cuerpo porque ya se convierte en 'la profe'. La otra vez en las chelas a las que me colé, me dijo: 'tienes que pensar menos como académica y más como humana'. A lo que yo quise responder 'say whaaaat, ¿tú crees que hay algo así como un 'humano' neutral básico prediscursivo al que podemos apelar?'. ¿Cómo chingados piensa uno como humano sin que eso sea humano / latinoamericano / profesionista / escritor / progre / heterosexual bla, bla, bla?  Pero como estoy en mi plan de ser sociable y que me sigan invitando a tomar chelas pues, sólo sonreí tímidamente y dije 'lo voy a intentar'.  A veces juego tan descaradamente que siento que un día se me va a salir la risa y voy a tener que confesar que ellos creen que tomo nota del seminario, pero que en realidad me la paso tomando nota de ellos.  O quizás debería ya dejar de hacer tonterías y ponerme a ver si puedo escribir 'creativamente' en vez de perder mi tiempo en ir al seminario como experimento social. 

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Yo estaba tan divertida con esto de los disfraces hasta que ahorita que lo escribí me di cuenta de qué sola estoy, qué aburrida, qué cansada. 

Es como cuando una amiga (progre, but of course) me dijo que Tinder le parecía la marca más palpable de nuestras posmodernas soledades. Una aplicación triste de la era del vacío que ella no pensaba usar jamás. 

Yo, en cambio, fui fan del tinder todo el año pasado. Otra vez: me la pasaba jugando a salir con tipos a los que no tenía ninguna intención de volver a ver.  Había dos retos que yo me ponía: el primero, que no matter what tenía que encontrar un tema del que pudiera platicar con ellos en una conversación todo lo interesante que se pudiera. Eso era muy fácil con los chicos intelectualoides que podían hablar de literatura, o con los ñoñitos académicos que disfrutaron pelearse conmigo sobre si Kuhn leyó a Hegel o no. Pero luego había casos más interesantes: el técnico electricista que sabía todo de drogas y tenía faltas de ortografía, el médico recién divorciado que no había salido del hospital ni del matrimonio en años, el abogado sin chamba, el diseñador empresario, etc. 

Como casi todo en la vida, se trata de hacer las preguntas adecuadas. Pero hacer las preguntas adecuadas es un pedo, sobre todo si tienes enfrente a alguien de quien no sabes nada. Ése era el chiste de mi juego y a mí me divertía mucho, aunque nomás yo supiera las reglas (igual que ahora que tomo nota SOBRE el seminario, y no sobre los contenidos del seminario). 

El segundo reto con los chicos tinder era que todo lo que fuera a pasar, tenía que pasar sólo ese día porque el chiste era no volver a verlos nunca. Entonces eso te lleva a hacer preguntas más arriesgadas, a reírte con más ganas, a decir más  tonterías, a decir lo que te pasa por la cabeza, etc. Hubo sólo tres personas (de las casi 20 con las que salí) a las que quise ver otra vez. De esas tres, hubo sólo una a la que quise conservar como amigo. 

Ya sé que estas estadísticas favorecen la versión de mi amiga sobre lo líquido y lo vacío. ¿Estás usando a pinches seres humanos para tus tontos experimentos con nulo rigor científico? 

Yo estaba jugando, y para mí eso de 'juegas conmigo' no tiene nada de ofensivo. ¿Qué cosa puede ser más placentera, más divertida, más llena de vida que el juego? Y mi juego tonto ni le hacía daño a nadie, porque tampoco se crean que la banda se enamoraba de mí a la primera cita. La banda (alguna) volvía a mandar mensajes, pero cuando no les respondía agarraban el pedo y ya, a lo que sigue. 

Igual que con el seminario: me divertía jugar a eso, pero ahora que lo escribo pienso que sí, que qué sola estaba todos esos domingos inventándome 'retos sociales' en vez de irme al cine con una amiga. Pues he ahí la cruda realidad: mi recurso más a la mano para los domingos eternos no eran mis amigas, eran los vatos de tinder. 

Aunque ahora llore y jure que extraño a mis amigas como nunca pensé, lo cierto es que: domingos Tinder N., no lo olvides. 

El punto es que... No sé, ya ni sé cuál es el punto de este post. 

Iba a tratarse de los disfraces, los cuerpos y los matices, y terminó tratándose de los juegos que nos inventamos para entretener la soledad.  En mi caso, como soy bien literal y bien obvia, se trata de juegos de verdad: vamos a ir a un seminario de escritores a ver qué chingaderas dicen, y cómo es la dinámica, y lo anotamos en nuestra libretita de sociología de banqueta. O 'vamos a salir con vatos a los que no conocemos y les preguntamos cosas de la vida, del amor, y de sus rumis' (jajaja, no me lo van a creer, pero la pregunta rompehielo mejor de todas las preguntas rompehielo, era: ¿y cómo te va con tus rumis?')

¿Pero y las otras cosas qué? ¿no son en el fondo también un juego: reglas, dados, escenarios/tableros, jugadores, cosas por ganar? ¿entonces por qué mi pinche amiga se quejaba del juego del tinder y no del juego del matrimonio? ¿por qué era más líquido o más vacío una cosa que la otra? 


Al final llegamos a lo mismo que últimamente llego casi siempre: que esto no tiene ningún sentido. 'Ganamos' puras cosas que se parecen a las tarjetitas con la foto del premio (yo tenía un juego de mesa que se llama 'Contest', los premios eran fotos así de 'te ganaste una tele' - tarjetita con la foto de una tele). Te ganaste el prestigio (shuu), te ganaste La Felicidad (yeiiiih!), te ganaste al poderoso caballero (hell yeah!). 

Qué cagado, últimamente soy la persona más feliz del mundo (neta soy feliz feliz feliz), y llego a las mismas conclusiones de cuando era la depresiva que pensaba que matarse era la solución al problema 'no puedo con la vida'. 












viernes, 12 de febrero de 2016

12 de febrero 2016

Pensamientos random del aquí/ahora

1. Siempre me pasa lo mismo: primero no quiero llegar, y luego no me quiero ir. No sé si alguna vez me voy a acostumbrar a las despedidas, a sentir que tengo los afectos tan desperdigados, con tantos paréntesis / ausencias entre nuestras vidas.

Las primeras semanas en Saltillo fueron un poco difíciles, muchos ajustes y desajustes en la convivencia familiar y en mi pronunciado cambio de rutina (sin chamba, con el cuarto propio un poco reducido, sin las amigas de siempre, etc.). Pero luego de eso las últimas semanas se han tratado del amor incondicional. Es cursi pero es así: esos amores que sabes que no importa lo que pase, van a estar ahí, constantes. Eso es absolutamente sanador. Para bien o para mal, me doy cuenta de que mis afectos en Saltillo son los menos mediados por la rutina, y más mediados por eso que puedo pensar 'lo que en realidad soy'. Son pocos, porque me imagino que esta calidad en los sentimientos es escasa y yo soy afortunada de que acá estén no sólo en mis papás o en mi sobrino, sino también en vínculos no mediados por el parentesco: Sergio y Emilia, los amigos más fieles y cariñosos que una podría haber pedido o siquiera imaginado.  

He visto a muchísimas viejas amistades, y ha sido padre compartir el rato con ellas para ponernos al tanto de nuestras vidas, una rápida actualización de noticias de los últimos 7 años frente a un café o cerveza, para después irse cada quien muy por su lado, para volver a ser los extraños que hemos sido durante todo este tiempo. 

Pero con Sergio y con Emilia no es así, porque de alguna manera le hemos hecho para que estos años no se sientan en la relación, para que los resúmenes ejecutivos no sean tan necesarios porque mal o bien estamos un poco al tanto de lo que nos pasa. Es padrísimo llegar a Saltillo, verlos, apretar el botón de 'play' en la amistad - otra vez - y sentir que todo fluye sin pausas, desgarraduras o rasguños. Si el amor existe de muchas formas y es lo único que vale la pena en nuestras vidas, yo estoy segura de que antes de morirme voy a ver sus rostros y ese amor compartido de truenes, viajes, camas de hospital, el bar de siempre. Si ésta es la recompensa a decidir serle fiel a un afecto, no hay cosa que yo podría recomendarle más a mis hipóteticos hijos/as: tengan amigos, pero amigos de verdad, de esos con los que uno hace el compromiso interno de quererlos a pesar de todo, de que sean tus compañeros de viajes (nota no al calce un poco extraña: no estoy segura de haber sido capaz de construir algo así con mis amistades en el D.F.)

Y de mis papás no hay nada que pueda decir que sea distinto. Nuestra relación ha sido complicada como todas las relaciones padres/hija del mundo, pero al final estamos aprendiendo (todavía, cada día) a demostrarnos que nos queremos como somos, por mucho que eso que somos a veces no sea fácil de entender. 

Así que ahora que me voy dentro de unos días pues, no sé, estoy triste sólo de pensar en que voy a perder todo esto, otra vez.  Ni siquiera quiero pensar en ese abrazo final de temporada, estoy segura de que voy a ponerme a llorar porque, de alguna forma, estos constantes viajes me han hecho más alerta de que es cierto que nada puede regresar a nosotros de la misma manera. Este tiempo de recuperación me salió mejor de lo esperado, y ahora tengo que agarrar fuerzas y seguir.

2. Luego resulta que mi vida, cuando la narro, me resulta a veces muy ajena. Me voy a 'pasar una temporada' a Sudáfrica. Después regreso y me voy cerca de un mes a Nueva York. Es una locura.  A veces pienso que soy una de esas pocas personas en el mundo a las que de repente empiezan a sucederles cosas que no parecían venir, que no parecían obvias, que no parecía que fueran a formar parte de su futuro, nunca. Y sin embargo... 

Muchas cosas son un asunto de clase (casi todo), y yo, me guste o no, soy uno de esos raros casos de movilidad social en el país. Me ha costado muchas horas de terapia entender esto. Ya he contado antes que mi familia es bien working class, clase media tirando a baja. Una familia en la que he palpado las  doloras consecuencias del desempleo: mi padre y su masculinidad fracturada, mis padres y las carencias materiales y emocionales que nos transmitieron. Ahora que estoy interesada en la sociología de las emociones veo esas cosas de manera muy clara, y veo también de manera muy clara cómo todas esas cosas (emociones) se van quedando escritas en el cuerpo. 

Yo, por ejemplo, nunca aprendí a nadar. Supongo que a mi papá nunca le pareció algo útil de enseñarme (no tuvimos jamás vacaciones en ningún lado,no hemos ido juntos jamás a la playa, no nos hemos hospedado en hoteles con alberca, no nada de nada). No teníamos dinero para pagar un curso de natación (ni de ballet, ni de baile, ni de karate, ni de nada). Así que no aprendí. Y después, y hasta la fecha, las albercas son uno de esos escenarios que siempre me hacen sentir incómoda. Obvio, sí, por los parámetros de belleza heteropatriarcal y mis kilos de más. Pero también porque es un escenario que es tan no - mío, que no forma parte de mi background.  Recuerdo que alguna vez en la adolescencia fui a nadar con el grupo de niños fresas  con los que me juntaba: pocos recuerdos son más embarazosos para mí. Estar ahí sin saber nadar, metiéndome a la alberca sólo a la parte menos honda, mientras ellos se divertían en la parte honda jugando carreritas y stuff. 

Y así como eso hay un chorro de escenarios que me generan incomodidad. Tampoco aprendí a manejar (lo mismo: no había posibilidades de que tuviera un coche, el carro de mi papá jamás ha estado asegurado así que por nada del mundo lo usarían para enseñarle a manejar a una adolescente, etc.). Los aeropuertos me dan pánico (no viajar, eso no me asusta. Lo que me aterra son los aeropuertos, sobre todo cuando no están en lugares de habla hispana: me asusta no saber dónde formarme, no llevar los papeles que necesito, no entender las instrucciones en inglés, perder el vuelo por no entender a qué puerta tenía que dirigirme....).Por muchos años hablar inglés hacía que me muriera de la verguenza, prefería hacer cosas tontas como decir 'este autor, no me acuerdo cómo se llama, el autor de los Versos Satánicos' antes que pronunciar Rushdie de manera errónea.  También por muchos años los restaurantes caros me daban el mal viaje a todo lo que da. 

Poco a poco he ido teniendo que 'domar' algunos de esos miedos o inseguridades. El más fácil: ir a restaurantes gourmet (pese a mi humilde origen social, soy una gordita muy sibarita que adora la comida internacional). El más urgente: aprender a hablar inglés. El más difícil (hasta ahora):moverme en ambientes multiculturales. 

Unos ya van perdiendo toda emoción. Por ejemplo, los aeropuertos ya se me hacen equis y hasta tediosos, en el 2016 viajé mucho  (fui a Mérida, Tijuana, Sonora, Chihuahua, Guatemala, Colombia, Oaxaca) y ya, prueba superada. MENOS cuando es fuera de América Latina, ahí sí me dan pesadillas y no puedo dormir el día anterior. Otro ejemplo: es rarísimo que ahora tengo una amiga maestra gringa que no habla nada de español y a la que veo una vez por semana para tomar café y platicar. Es una NATIVE SPEAKER y hablamos durante dos horas seguidas cada martes. Y la neta es que he llegado a alcanzar momentos chidos en los que se me olvida que estoy hablando inglés. 

Pero otros ahí siguen. Lo que me lleva a: voy un mes a Nueva York este año. En octubre vi que estaba abierta la convocatoria para ir a la escuela de verano de cierta universidad.  Postulé porque... no sé, en mi estado normal no lo hubiera hecho. Pero lo hice porque en mi extrabajo se la pasaban todo el tiempo haciéndome sentir que, o bien era una imbécil que no le podía agarrar la onda a mi puesto, o bien era una soberbia que 'no es tan inteligente como cree que es'.  En ese contexto, empecé a ponerme muy desesperada por encontrar otras  fuentes de validación (acepté hacer consultorías sólo para demostrarme que sí podía trabajar bien con la gente, o me esforcé muchísimo en preparar mis clases sólo para que mis alumnas me admiraran, etc.). Así que cuando vi la convocatoria abierta pues: tiré los dados.  Luego se me olvidó. Luego llegó la fecha de los resultados y, ya con la distancia del p*eg, dije 'ok, si no me aceptan equis, de todas formas ni siquiera lo puedo pagar'. Y taráaaan: llegó el mail. No sólo me aceptaron, me dieron la beca completa. Me voy en verano un mes a Nueva York, a hacer un curso en la New School, con Gayatri Spivak y Judith Butler como docentes. 

Cuando leí el mail me puse feliz, le avisé a A., le avisé a mis amigas, le avisé a mis papás (quienes, antes de felicitarme, se angustiaron). 

Después de dos horas de euforia, me puse a pensar: voy a tener que ir al aeropuerto de NY. Y voy a tener que quedarme en una habitación con gente de otro país. Y el curso será en inglés. Y voy a estar sola. Y yo jamás he ido a Estados Unidos, Y ..... caí enferma. Tuve un dolor de huesos y de cabeza que me duró dos días, en los que casi no pude levantarme de la cama y en los que tuve pesadillas todo el tiempo. 

Parece que este año las aguas vienen muy intensas. Ojalá no naufrague entre mis miedos. 


jueves, 21 de enero de 2016

21 enero 2016


Dije que iba a escribir mucho pero en realidad no lo estoy haciendo. También dije que iba a leer un montón, y a hacer ejercicio, y a dormir y 'disfrutar de la vida', pero la verdad es que no estoy haciendo mucho de eso tampoco. 

Hice una cosa muy arriesgada y ahora no sé muy bien cómo seguir. O sea que salté sin red. Renuncié a la chamba, me fui del D.F., me vine a Saltillo y ahora no sé bien qué onda. No sé qué hacer. Odio estar sin trabajo.  Yo, que el semestre pasado trabajaba de 10 a 9, ahora tengo todos los días en blanco. 

Además: estoy en casa de mis papás y eso siempre resulta un poco problemático. 

Además: cada vez tengo menos amigues en Saltillo, menos gente para ir a echar la chela los fines de semana (ya no digamos el café entre semana), y ahora hasta mi mejor mejor amigo está esperando un bebé. 

No sé por qué hice lo que hice (bueno, sí, ya lo conté en el otro post: porque no aguantaba más estar ahí), y no sé por qué escogí Saltillo para lamerme las heridas. 

¿Conté alguna vez que mi tesis de maestría fue sobre el retorno de migrantes internacionales? La melancólica incorregible siempre se ha sentido atraída por la triste historia del retornado: el que cambia la dirección del camino sólo para darse cuenta de que no hay regreso posible. Y así estoy yo ahora, acá. Me la paso llorando en las noches pensando que un día mis papás se van a morir y mi sobrino ya no va a pensar que soy lo máximo en el mundo (o sea: mi sobrino ahora piensa que soy lo máximo en el mundo jaja).  Tengo sueños rarísimos. Me he impuesto la disciplina de buscar a personas a las que hace años no veo, no sé por qué hago eso, pero gracias a fb he mandado muchos mensajes de 'hey, estoy en Saltillo, estaría chido ir por un café', aunque luego no sé qué hacer frente a extraños/as que me preguntan cosas que nunca sé cómo responder. 

Duermo un chorro, me levanto angustiada y mi cuerpo recuerda otros momentos de levantarme angustiada que fueron el prefacio de crisis horribles. Luego me digo 'pero eso no está pasando ahora', me meto a bañar, me hago mi jugo verde y digo 'estoy aquí porque quise, porque quiero'. Pero por si las moscas ya fui hoy a comprar mi dotación de antidepresivos, luego de un año y medio de no tomarlos. Ya pues, sin drama. Madurar a lo mejor se trata de eso: de usar los remedios que tanto trabajo nos ha costado comprobar. Y a mí el Citox siempre me soluciona la vida.

Postulé para dos trabajos y no me han llamado de ninguno. Es absurdo, pero pienso que es por mi extrabajo. Me fui de ahí pensando que 'ya llegará otro trabajo en el que sí valoren lo que puedo aportar', y pues parece que eso no es tan fácil. ¿Y qué tal si no fuera así? ¿qué tal que las del p*eg tenían razón y ni soy tan inteligente, y además qué insoportable, y además la señora Directora ya se dedicó a hablar mal de mí en muchos lados? 

El plan A era el doctorado en SA, pero era un plan A de tal magnitud que apenas hoy entré a ver los requisitos para postular. Y las postulaciones cerraron en septiembre. Lloré un ratito, y luego pues nada, parece que no tengo otra opción más que reconocer que quizás no es algo que quería hacer. O quizás sí quería pero tampoco puedo ser tan exigente conmigo; ya conté lo que fue el año pasado, en serio no tuve cabeza para pensar y planear futuros.

2016, cualquier cosa que hagas me va a sorprender porque pues ahora sí que estoy clueless. Ojalá no seas de los que disfrutan las malas bromas. 

***
Dicho lo dicho,  aquí va la cosa estable de todos mis años, de todos mis días: los libros que terminé en el 2015

1. El palito de naranjo, de Angélica Gorodischer.  Como es de una de mis autoras favoritas no tiene ni caso que diga lo que opino de esta novela. La Gorodischer es una gran contadora de historias, y amo que en sus novelas más recientes se haya dedicado a explorar ese tema tan trivial y salvador que es: 'las vueltas que da la vida'. O sea, cómo es que somos puro cauce por el que van pasando cosas buenas, cosas malas, y que al final es cierto que nunca sabemos lo que los días van a traer consigo. Eso puede matarnos de angustia (ejem), o darnos la posibilidad de vivir en la cuerda tersa de la esperanza.  Qué bonito sería - pienso - que todos en algún momento tuviéramos la oportunidad de narrarnos nuestra historia. 

2. El barón rampante, de Italo Calvino. De éste tampoco tiene mucho caso que diga lo que pienso, porque ya en otros momentos he expresado que quiero mucho a Calvino porque me recuerda muchas cosas de mi niñez. Una vez leí en una entrevista que Calvino dijo que cada que se ponía a escribir pensaba en historias que fueran sobre todo entretenidas para sus lectores, que buen favor iban a hacerle al pasar tiempo con sus letras. No tengo la entrevista a la mano (pendiente el dramapost de lo horrible que se siente desarmar una biblioteca), pero creo que decía que más o menos de eso iba la literatura, de entretener. Ahora, claro, van a saltar las manos de aquellos sabios intelectuales que digan que la literatura es mucho más que eso, y que en última instancia para eso tenemos las novelas de televisa. Como siempre, subestimando a la banda. Pero yo creo que al final lo pesado de la existencia es el tedio de estar vivos, de tener que levantarnos todos los pinches días (y comer, y respirar, y cagar, y dormir.... tedio, tedio), que el aburrimiento es la cosa más humana en el sentido de revelar lo carente que es nuestra esencia.  Así que todo lo que nos aleje de eso, lo que nos haga distraernos, imaginar, entretenernos, bueno pues... supongo que esas son nuestras únicas ventanas.  

Y este libro es Calvino 100%, así que si alguien no lo ha leído y quisiera empezar por algo pues: el barón rampante, sin duda.  Una historia súper loca (un barón que decide que va a vivir en las copas de los árboles, y desde ahí crece, se enamora, medita, discute, etc.) narrada de una manera muy conmovedora. Es un deleite amigues, créanme. 

3. Un verano en Lesmona, de Marga Berck. Lo leí casi de pura suerte (me lo encontré en los pasillos de libros usados en CU) porque, sin ninguna referencia, el tema me pareció interesante. En realidad no es una novela sino cartas que dos primas de familias burguesas en Alemania se enviaban a principios del siglo XX. Me causa curiosidad eso porque, como saben, la historia de las mujeres parece que nunca ha interesado demasiado, y por eso desde hace varios años las historiadoras feministas usan fuentes epistolares para construir otras narrativas historiográficas. Aunque, por supuesto y como era de esperarse, quienes podían escribir eran estas mujeres de clases privilegiadas. También fue un libro que disfruté profundamente, aunque se trate de una historia muy rosa, muy del amor romántico. Y pues es que claro, alejadas de todo el mundo de lo público ni modo que las morras pensaran en otra cosa distinta al príncipe azul. Pese a ello, aquí me descubro otra vez como la cursi que soy (amante de las novelas / películas (basadas en novelas) de Jane Austen, porque cómo olvidarnos de la escena en la que el Señor Darcy está bajo la lluvia....) y pues, qué remedio, amé este libro. 

4. Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie. Bueno, ya, 2015 se trató de leer autores/as que me gustan un chorro. Chimamanda es ahora un fenómeno en la literatura mundial (y además tan joven, y tan feminista, y con una prosa tan profunda...), así que ahora se animó a escribir este libro mucho más light que los anteriores (con los que ganó fama, sobre todo Half of the yellow sun, que es un dramón marca diablo), sobre una especie de autobiografía de una chica nigeriana inmigrante en Estados Unidos, que después de muchos años decide regresar a Lagos.  Más o menos todo gira sobre una historia de amor, cosa que no me pareció lo máximo porque creo que a Chimamanda (con todo lo que ya dije que es) a veces se le va la mano un poco hacia los clichés, entonces la historia de amor creo que es un poco floja. Sin embargo, en todas las demás páginas hay cosas muy divertidas, como la discusión de la raza percibida por una nigeriana en los United States (y, por cierto, la protagonista escribía todas sus reflexiones sobre el tema en un blog), la descripción (esto fue lo más gracioso) de los grupos intelectuales de jóvenes estadounidenses, el capítulo (lo transcribiría con gusto) en el que se dedica a pensar sobre el cabello de las negras y por qué siempre es un pedo,and so.

O sea, no es la gran literatura, no está del nivel de Half of the yellow sun, pero es muy divertido y, lo dicho, yo creo que tienes que ser una gran escritora para escribir algo que haga reir a los lectores/as. 

Estoy tan agradecida por la existencia de esta clase de libros; lo voy a recordar con cariño porque me aligeró las 12 horas que pasé encerrada en un aeropuerto de Brasil (imagínense qué hubiera sido de mí en esas circunstancias cargando otra clase de lectura)

5. The Icarus Girl, de Helen Oyeyemi. Acá como verán tuve mi momento de emoción con la literatura africana (por obvias razones).  Oyeyemi es mucho menos conocida que Chimamanda; también es nigeriana y también es muy joven.  Lo primero que conocí de ella fue esta novela, que además fue su primera cosa publicada (cuando la morrita tenía como 20 años!!). En realidad no la leí, sino que la escuché en un audiolibro pero ps me vale y la voy a incluir en mi lista. Se trata sobre una niña hija de nigeriana e inglés, que  vive en Inglaterra con sus papás, y que un día va de visita a Nigeria a conocer a la familia materna. Hasta ahí todo bien, pero en Nigeria  se le 'pega' un espíritu en forma de niña (a la que sólo ella puede ver) que se llama Tilly Tilly. De ahí en delante la historia se va volviendo cada vez más loca, y pasa de ciertos episodios divertidos de las dos niñas haciendo travesuras, a que la Tilly Tilly se revela cada vez más como un espíritu maligno que hace cosas horribles. El final no se los voy a contar. 

Ya cuando terminé el libro pensé que 'qué chafaaaa', porque hay como muchas cosas que no quedan claras o que nunca terminan de hacer click. Pero es como con las pelis de terror, mientras las estás viendo te emocionan mucho hasta que luego las terminas y dices 'ay, pero entonces a ver cómo es que la chava no se murió si le habían disparado'. O sea que aunque es una novela bien primeriza, mientras estás ahí te tiene pegado. Al menos a mí, no podía dejar de escucharla, amenizó mucho ciertas mañanas en sudáfrica en las que lo único que tenía que hacer era tomar café y esperar que fueran las 12 para caminar a la embajada. 

Además tiene cosas padres que, según  iba a descubrir más tarde, están muy presentes en las reflexiones de la literatura africana (por ejemplo la diáspora - ya esto lo incluye también Chimamanda en Americanah - y las identidades culturales que se van transformando y reafirmando en países como Inglaterra o Estados Unidos).

6. Boy, snow, bird, de Helen Oyeyemi. Le di otra oportunidad para ver si en las otras novelas ya quedaban menos cosas sueltas. Pero pues, no sé, con esta novela me pasa algo rarísimo: no le entendí nada. La historia es simple, es sobre tres chicas (boy - snow -bird) relacionadas de alguna manera (Boy es mamá de Bird y madrastra de Snow); también toca el tema de la raza y, eso sí debo reconocerlo, lo hace de una manera muy creativa. 

De ahí en fuera, he leído que hay gente que considera a Helen Oyeyemi como una gran escritora, pero pues... no sé, por eso creo que hay algo que no estoy entendiendo en su propuesta. Terminé Boy, Snow, Bird y me quedé con la sensación de que necesitaba releerlo porque 'no puede ser que todomundo hable tan bien de esta novela que me pareció tan equis'. Y además sigue dejando un montón de cosas sueltas, y un montón de puntas que parece que nunca tienen nada que ver con nada. 

7. Coconut, de Kopano Matlwa. Esta novela me interesaba porque fue escrita por una chica muy joven que es Sudafricana (no nigeriana, que parece que son las más conocidas en el mercado de la literatura de african fiction; o sea, baste decir que las novelas de Chimamanda y Oyeyemi las compré en México, mientras que ésta la compré en Sudáfrica). 

Está centrada en la raza, pero más que en las relaciones interraciales (como las otras), en el conflicto identitario de las personas de color en un país tan lastimado como Sudáfrica. Ahí fue donde prendí el primer foco rojo: esta joven escritora, que acaba de ganar un premio nacional, está escribiendo sobre raza 20 años después del apartheid. Y así poco a poco he ido dándome cuenta de lo increiblemente presente que sigue el apartheid en la sociedad sudafricana. Me deja tan en shock porque fue algo tan fuerte y está tan vivo que... no sé, todavía no sé muy bien cómo relacionarme con eso como extranjera. 

Pero bueno, volviendo a Coconut, son en realidad dos novelas cortitas (¿o cuentos largos?) sobre dos realidades negras muy diferentes: el primer cuento es sobre una familia negra muy rica, en la que los chicos no saben muy bien cómo encajar: van a colegios ricos, pero en su casa no hablan inglés; tienen amigos blancos, pero se avergüenzan de los rituales que su abuela quiere hacer cuando algo malo sucede en la familia. El segundo cuento (que fue mi favorito) va sobre lo contrario: una mesera negra, muy pobre, que se desvive por pertenecer al gremio de los blancos; el tema es un poco trillado, pero el cuento es muy lindo porque está escrito de una manera super simple y conmovedora. 


8. The bang, bang club, de Greg Marinovich y Joao Silva. Este libro de no ficción recoge las memorias de un grupo de fotógrafos sudafricanos que cubrieron varias guerras, principalmente la guerra interna en SA previa a la caída del apartheid (o sea los 20 años del 74 al 94).  Está relativamente bien escrito, y es interesante la vida de los cuatro fotógrafos y la manera tan honesta en que los autores cuentan las cosas no sólo vistas sino vividas (mucha droga para resistir, dos premios pulitzer y el glamour que eso trajo, las presiones absurdas del público sobre '¿y ustedes sólo están ahí tomando fotos en vez de ayudar a los niños que fotografían y que claramente están muriendo de hambre?').  A mí lo que más me gustó es que me ayudó a seguir entendiendo cosas.  Porque claro, una cosa es que sepas que los últimos años antes de la caída del apartheid fueron horribles, y otra cosa es que leas una descripción detallada de cómo cierto grupo Zulu quemó vivo a un iXhosa, y cómo el gobierno blanco era el principal alentador de la violencia entre tribus negras para mantener viva la idea de que 'estos seres bárbaros no se pueden gobernar a sí mismos'. 

Después de leer estos horrores, entendí muchas cosas que iba viendo en los grupos sudafricanos de fb en los que estoy inscrita. Pensar que algunas de las personas que comentan ahí tienen aún recuerdos de primera fuente sobre estas cosas tan terribles. Pensar que muchos de ellos tienen muertos/as de estos años. Cuando estaba allá fuimos a ver una obra de teatro en Cape Town que iba sobre el tema de las desapariciones políticas durante el apartheid (Born in the R.S.A). Cuando salimos una señora tuvo un ataque nervioso y se puso a llorar muchísimo, mientras un señor la abrazaba y le daba la mano. 

Ese pasado sigue muy presente, muy. Y quizás está mal que esa sea una de las razones por las que me emociona volver a ir, pero es así: es una de las razones por las que me emociona volver a ir. 

9. Tres ataúdes blancos, de Antonio Ungar. Luego ya me cansé un poco de leer en inglés, y quise leer algo latinoamericanísimo. Así que me eché este libro que compré en Colombia, que es como un thriller político de cualquier país latinoamericano: la demagogia, la corrupción, el protagonista al que poco a poco le van matando toda esperanza. Y en medio: una historia de amor, pero ésta sí debo reconocer que le quedó muy chingona al autor (fíjense, es que escribir historias de amor que no caigan en clichés está cabrón). Creo que es de lo mejor que leí este año, la narración es impecable, el ritmo no afloja nunca (así que es de esos libros que no sueltas ni un minuto), la historia es muy original (aunque nos suene tan conocida). Lo recomiendo mucho. 

10. Sin remedio, de Antonio Caballero. Otro colombiano importado de mi viaje. Es un libro muy largo así que el hecho de que lo haya terminado puede ser suficiente recomendación. Además de eso, diré que el narrador/protagonista sería algo así como la versión latinoamericana de un personaje de John Kennedy Toole. Un tipo muy inteligente, culto, nihilista, cuya mayor aspiración en la vida es dormir y 'no actuar', que sin embargo se ve involucrado en aventuras muy diversas gracias a que 'los otros' siempre están jodiéndolo para que actúe y, en última instancia, obligándolo a estar vulgarmente vivo.  Es un libro divertido en algunas partes, un poco tedioso en otras, y lo que de plano no me gustó es que en cada nueva aventura de nuestro amiguito protagonista tenía que involucrarse una morra a la que se quería coger. O sea, a ver, yo no quisiera convertirme nunca en la feminista puritana que no lee libros sexistas (o sea,me quedaría leyendo qué?). Pero de todas formas no puedo evitar sentir disgusto cuando un tipo tan brillante como el señor Caballero decide poner a sus personajes femeninos siempre encuadrados en un cliché (la modelo conflictuada y guapísima, la niña rica marxista y buenísima, la come hombres desesperada por casarse, la mujer castrante del mejor amigo, la empleada doméstica indígena y dócil para el sexo) y sólo a partir de la voz masculina criticar estos clichés, y burlarlos, y seducirlos, y añadirlos al anecdotario. 

Ojalá los señores escritores brillantísimos les concedieran a sus personajes femeninos un poquito más de complejidad, de inteligencia (y en la vida real lo mismo eh!).


Y bueno, eso fue todo lo que leí el año pasado. 

***
BTW: Muchas gracias a las tres personas que comentaron en la entrada pasada, me hizo sentirme medio resucitada en esta época de likes y comments, y de blogs tan en los que no pasa ni una mosca.
















jueves, 7 de enero de 2016

2015

Vuelvo a escribir. Dicen que la vida no es otra cosa que la pura narraciòn, y a mí la neta los formatos narrativos contemporáneos (twitter, instagram, etc.) no me favorecen mucho. 


El punto es: me siento tonta si no escribo. Aunque lo que escriba sean mayormente tonterías, tengo más o menos 15 años usando la escritura autobiográfica como la forma más probada de encontrarle sentido a lo que pasa.  Así que eso, el 2016 voy a escribir un montón (avisados están) aunque todavía no sé muy bien si en este blog o en otro espacio, ya se verá.

Por fin se termina hoy el 2015, uno de los años más difíciles que recuerdo haber vivido. Lo interesante o novedoso fue que esas dificultades fueron (hell yeah!) mayormente externas. O sea palpables, que pasaban ahí, en el mundo tan desordenado y tan incomprensible que sucede fuera de mí. Me voy a poner una estrellita gigante en la frente porque este año las dificultades no vinieron de mis abismos, sino de los baches del jodido mundo real real.  Es decir: me pasaron un montón de cosas. Esa expresión me gusta mucho porque es tan literal: un chorro de cosas pasando por ti, por lo que tú eres, por tu cuerpo y tus emociones. Gente pasando por ti. Ideas pasando por ti. Accidentes, eventualidades, horas, domingos: todo eso pasando a través tuyo. Lo que siempre digo: somos puro cauce amigues, you better understand that. 

Quizás lo más jodido  de todo fue mi enfermo ambiente laboral. Tantos años huyéndole a las oficinas para después terminar aceptando chamba en la oficina más oficina de todas. Una apestosa jerarquía y una cultura organizacional que olía a viejo, a podrido, al México del PRI de los setentas. Una jefa que se portaba como la reina de corazones, arbitraria, irracional, como una niña de 14 años peleándose con la subalterna que osó no rendirle pleitesía. Pequeño detalle morra: no éramos las protagonistas de Mean Girls compitiendo por ser populares, éramos jefa -. trabajadora y tú no dudaste en usar esa posición para chingarme. Otra novedad del 2015: yo, tan siempre - en - mi - pedo, tan no me gusta enojarme con la  gente, tan todos mis exnovios me recuerdan con cariño y se han tomado cafés conmigo en su calidad de exes, tan mis amigas de la primaria siguen siendo mis amigas, etc., etc., supe, por primer vez en toda mi existencia, lo que se siente tener enemigas: se siente horrible y no se lo deseo a nadie. 

Evidentemente, puedo vivir con la idea de no ser una mujer simpática que conquista corazones, eso me parece bien. Pero de ahí a que haya gente destinando tiempo, energía, esfuerzos, etc., para hacerte daño, para verte pasarla mal y encontrar alguna especie de placer en eso es como... oigan, humanas, ¿por qué hacen esas cosas? Supongo que es el poder amigues, el poder que vuelve locas a la mayoría de las personas, o por lo menos a todas las que no hacen un esfuerzo consciente por relacionarse con éste de maneras distintas (construirlo, pensarlo y ejercerlo en formas no opresivas, ¿será eso posible?).

Y luego acá pues eran podercitos pedorros, ni siquiera los intereses de la nación en juego. El podercito pedorro de 'soy la amiga de la DIRECTORA (que en esta institución decimonónica las directoras son como emperatrices que no tienen que rendir cuentas a nada ni nadie), N. no le cae bien a la DIRECTORA, ergo: mi deber es chingar a N. y llevarle eso a la DIRECTORA para que vea que estamos de su lado. De su lado, señora DIRECTORA. amabilísima DOCTORA, dueña de la comprensión absoluta de las teorías de género: usted tiene razón: N. es una pinche soberbia, N. cree que sabe más que nosotras, N. dice que es 'académica' y a nosotras nos cagan todas las académicas que no sean usted, señora Directora, única académica legítima. Así que ¿por qué no la chingamos a N? ¿qué le parece si la castigamos y en la conferencia de Judith Butler no la invitamos a la comida? más aún, ¿qué le parece si no sólo no la invitamos a pesar de que es la segunda al mando, sino que además la  ponemos de edecán para que aprenda algo de humildad? (jajajaja, si me invitan unas chelas les cuento la historia ridícula de que neta sí me pusieron de edecán como castigo. Oh dios, ya quiero que llegue el momento en el que pueda carcajearme de todo esto), ¿qué le parece si despedimos a su asistente para que ella tenga que hacer toda la chamba administrativa de su área? MUAJAJAJA ¡seguro que no va a poder con tanta presión! ¿qué opina si bla, bla bla?. Y ella, excelentísima doctora que no superó sus complejos de la adolescencia, a todo daba su visto bueno y protección. Entonces ellas, como veían que resistía, fueron a llamar a otro elefante, o sea: empezaron a usar métodos cada vez más sucios y más violentos: mentiras (mentiras no del tipo malentendidos, sino del tipo N. me gritó pendeja en el foro sobre violencia de género, jajajajaja, o sea mentiras tontas e increíbles porque no mamen, ¿por qué razón yo le gritaría pendeja a nadie (aunque lo piense) en público? O como infiltrar a una morra en mi fb y pedirme cuentas de mis publicaciones. O como inventar mentiras del tipo que ya expliqué e ir a contárselas a gente muy importante para mí (mi mentora, mi ex jefa, mi directora de tesis - o sea son tres personas diferentes -.... que afortunadamente fueron, ellas sí, generosísimas, y no sólo no entraron al juego, sino que me llamaron o buscaron para expresarme su apoyo y sus consejos de 'vete de ahí antes de que te hagan otra cosa peor').

Nunca entendí por qué tanto encono. Lo más fácil fue ponerme en el papel de la víctima absoluta (¿por qué a míííííí? snif snif), pero eso se me hizo aburrido al primer mes (aunque es cómodo, eso sí), hasta que en terapia V. me dijo "a ver N., no eres una niña de 9 años a la que le están haciendo bullying, eres una adulta viviendo acoso laboral". Y para mí casi siempre las palabras clave son "eres una adulta" (bingo!). Porque lo que sigue de eso es: hazte cargo: ¿qué puedes hacer (que es lo mismo que decir: ¿de qué de todo esto eres responsable?), qué quieres hacer, cómo, cuál es el plan etc., etc.? (fíjense, la vida tan chistosa: todos esos años de controlar la depresión me han dejado herramientas muy útiles para vivir.). 

Era obvio que quería irme de ahí, pero no bajo sus términos, no dándoles el gusto de 'me tronaron y me voy porque no soporto más'. Quería irme renunciando cuando yo quisiera, como a mí me conviniera, negociando los términos de la partida. Así que me fui en diciembre, con mi aguinaldo completo, en medio de la narrativa 'me voy porque estoy enamoradísima y me espera una vida nueva en Sudáfrica, he aprendido tanto en este lugar, les debo tanto a todas, me da tanta pena irme pero la vida es movimiento'. Me llevaron flores. Todo mundo se creyó la historia, todo mundo me deseó suerte, hice el numerito de preparar un informe final con cifras e indicadores positivos de mi gestión (cosa no muy difícil si trabajas con gente que no tiene idea de lo que es un indicador), y de ir a la posada y brindar con todomundo (menos con ellas, ni con la señora Directora, que estaba algo emputada porque, obvio, entendía todo el numerito, así que los últimos días se dedicó a ignorarme nivel: te volteo la cara en el pasillo y ordeno que borren tu cuenta de correo antes de lo acordado para que no tengas tiempo de sacar ni una evidencia de nada de nada de nada). 

La cosa es que el humanismo sería imposible si en estos escenarios (o sea en todos los escenarios de violencia) no se mostrara también lo bonito que son algunas humanas. Y si yo resistí fue porque tuve cosas que jamás en la vida voy a poder pagar: solidaridad, alianzas, complicidades, gente generosa que prestaba el oído para la escucha en circunstancias variables. Hubo cosas muy chingonas para una morra fascinada por las historias y los matices. Por ejemplo: que unos días antes de irme apareció una cajita de regalo en mi escritorio que decía 'Gracias' y que me dejó la secretaria de la H,Directora. La fui a buscar para preguntarle que por qué, y me sorprendió que me dijo que 'gracias porque eres la única persona que en este lugar me ha tratado como a una persona'. Luego me pidió perdón por haberse prestado a cosas, pero que yo entendería que en su posición era difícil haber hecho otra cosa. Me quedé muy pasmada, porque el hecho de que me dijera eso fue una cosa muy bonita, muy sanadora, hasta valiente. Por ejemplo: que mi equipo me dijo cosas lindísimas antes de irme, me dieron regalitos, lloraron con el último abrazo (creo que estos dos años fueron traumáticos para todas: imagínense el estrés de ver que a tu jefa la están chingando todo el tiempo y que el equipo está parado por eso). Está feo, pero todas vamos a estar mejor ahora. 

Y si hablo de lealtades inmerecidas y sanadoras: mis alumnas. Mis clases se convirtieron en el espacio en el que iba elaborando las cosas que traía en la cabeza (mucha ayuda dar una clase sobre género y poder, justamente), en las que neta llegaba a pensar con ellas, a preguntarles cosas para entender yo también. No es casualidad, para nada, que este año haya construido las relaciones más bonitas alumnas - maestra que he tenido desde que empecé a dar clases (hace como 5 años). 

Descubrí que tengo muy buen humor. Digo, ya lo sospechaba, pero esta vez estuvo muy intensa la constatación de que, con todo y todo, yo no dejaba de burlarme de toda la situación (que la neta sí era bien risible), de levantarme a ver qué pasaba y darle chanza a la imaginación de que todo el escenario se transformara en un juego de mesa.

Lo malo es que ahora que todo acabó y que estoy en casa de mis papás sin idea de lo que voy a hacer durante el 2016, ps los moretones empiezan a aparecerse. Me veo el cuerpo y digo que mierda, que ooooootra vez me va a tocar iniciar un año hablando de reconstrucciones. Tengo muchas cosas qué sanar, porque aunque aquí lo cuente como una historia con final feliz, la verdad es que no fue una historia feliz. Ni siquiera tengo ganas de buscar otro trabajo porque pienso que si no me va bien va a ser darle la razón a estas moras. Ni siquiera tengo ganas de escribir. Estoy en lo que E. diría 'modo zombie': no siento nada, el cuerpo y las emociones están dormidas, no les sale llorar, no les sale emocionarse, no les sale pensar más allá del día de mañana (que mi mamá me pidió que fuera al banco, que en la tarde voy a jugar con mi sobrino, que quiero escribirle un mail a fulanita).

Sólo quisiera decirle a todomundo que esté pasando por una situación de acoso laboral que sí,que es horrible. Y dos cosas: la primera, que hay que buscar ayuda profesional porque está súper cabrón aguantar si no tienes un espacio mínimo para sanar.Y la segunda, que se acuerden de que son adultas, porque creo que lo jodido del mobbing es justamente que trata de infantilizar a la agredida.Y no, no eres una niña a la que le quitan el sandwich en el recreo, eres una adulta capaz de pensar en estrategias, de evaluar tus recursos, de tomar decisiones, de ir con todo el peso de la adultez a la oficina cada día,  con todos los rasguños y los madrazos acumulados hasta ahora, pero también con todos los besos y las decisiones. No somos eso, no somos indefensas, y no somos víctimas, y no somos mártires. Somos adultas atravesando por una situación muy jodida porque hay gente que no se hace responsable de sus carencias, y entonces va y se las avienta a la primera persona que les provoque ese impulso.

Otra cosa que quería decir para terminar este post tan chafa, es que los últimos meses pasé mucho tiempo pensando en Martha Nussbaum. Hay una frase hermosa que aquí copio y pego, y que el último día de oficina me hizo pensar de regreso a casa que si me dieran a elegir entre una experiencia laboral chingona en la que hubiera triunfado, o ésta en la que fui frágil y vulnerable, y lloré muchas veces con mucha gente, y pedí y recibí ayuda, y a veces Y. tuvo que ir a sacarme de la cama el fin de semana para llevarme a comer pues.... no soy masoquista, pero escogería esto otra vez. Todavía no lo puedo explicar muy bien, pero esa fragilidad de la que fui dolorosamente consciente me hizo entender cosas, pensar cosas, abrir heridas que yo creo que van a sanar bien. Qué raro es todo casi siempre, qué misterio es estar viva.

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“To be a good human being is to have a kind of openness to the world, an ability to trust uncertain things beyond your own control, that can lead you to be shattered in very extreme circumstances for which you were not to blame. That says something very important about the condition of the ethical life: that it is based on a trust in the uncertain and on a willingness to be exposed; it’s based on being more like a plant than like a jewel, something rather fragile, but whose very particular beauty is inseparable from that fragility.” 



jueves, 12 de marzo de 2015

Calafate mon amour

Conclusión nada original que pensé mientras veía los glaciares en Calafate: viajar se trata, sobre todo, de encontrar matices. Ninguna experiencia que me vaya a cambiar la vida, ninguna reflexión que no se hubiera aparecido en otro momento/lugar, ningún sentido pendiendo de la copa de un árbol en el Amazonas, ninguna respuesta escondida en las arenas de qué playa. Simplemente viajar hasta acá, tan lejos, para darme cuenta de que el hielo se ve azul, de que los tonos del azul cambian con la luz, y de que son las sombras azuladas más hermosas que he visto en mi vida.

Vivir también se trata de encontrar matices. La mía es una búsqueda que se conforma con minucias, aunque siempre digo que más que minucias se trata de miniaturas (que por supuesto que no, señores, no es lo mismo de ninguna forma). La belleza de las células y los vasos sanguíneos. El pasmo de saber que todos esos colores viajan en nuestro interior todos los días, sin descanso.

Y hoy me siento otra vez delante de esta cosa desconocida, y después de un rato pienso que son otra vez matices, tonalidades de las que no me había percatado, colores parecidos pero no tan brillantes.

Esta cosa desconocida es la experiencia hasta hace poco felizmente ajena de extrañar a alguien tan concretamente. ¿Ya se fijaron que estoy haciendo una suerte de oxímoron juntando las evocaciones con lo concreto? Lo que yo extraño es su olor, su risa, sus dientes blancos, su abrazo en las mañanas, su sonrisa cada que abría la puerta de su casa para dejarme entrar, sus camisas de franela, su mano cariñosa tallándome la espalda en la ducha, sus respuestas entredormidas a mis soliloquios nocturnos, su trajinar en la cocina mientras yo me sentaba a esperar a punta de quejas que se cociera cualquier cosa que estuviera en la estufa.

No es la violencia del madrazo del desamor. No es la angustia de las futuros presentes sin su compañía. No es la desesperación del conocimiento de que algo hubo (después de todo) que yo pude haber hecho para evitar esto.

Es en cambio la resignación, la certeza de que no importa cuánto llore, cuánto diga, cuánto piense: la única cosa que puedo hacer es convertirme en cauce y esperar. Es, sin embargo, la tristeza más profunda (aunque no la más grande ni la más abrumadora) que he sentido en mucho tiempo y que ahora entiendo, dolorosamente entiendo: una cosa que te acompaña todo el tiempo de manera silenciosa, que es tan mía, tan interna, tan fabricada con mi exclusiva materia prima de recuerdosmiedosproyecciones, que sólo la dejo aparecerse un ratito cada noche para verla y guardarla otra vez.

Hasta el día siguiente. Y luego al otro y al otro y al otro. 

Es el brillantísimo matiz de un espejo que refleja algo perdido.