sábado 7 de noviembre de 2009

Al sur de la frontera, al oeste del Sol


Al sur de la frontera, al oeste del Sol de Haruki Murakami

Maxi Tusquets editores, precio aproximado: 109 pesos

Gustos y disgustos de la Srita. Melancolía: 4 estrellitas

“… por más lejos que fuera, seguía siendo yo. Por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. Por más que el decorado cambiase, por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto, yo seguía siendo el mismo ser incompleto. Dentro de mí se hallaban las mismas carencias fatales, y esas carencias me producían un hambre y una sed violentas. Esa hambre y esa sed me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora. En cierto sentido, esas carencias, en sí mismas, son lo que yo soy”



Después de discutir con A., ya no estoy muy segura de qué se trata este libro. No termina de quedarme claro si es una historia de amor o de soledad.

Narrado en el muy disfrutable estilo de Murakami (es de esos libros que uno puede leer por horas sin fastidiarse), creo que habla sobre un tema doloroso pero inherente a nuestra condición humana: la soledad, la insatisfacción, y los recursos que nos inventamos para lidiar con ella. Andamos por ahí siempre incompletos, siempre sintiendo que algo podría ir mejor, que algo nos hace falta. Y ese algo, creemos algunos (nos decimos, lo susurramos cada noche) es el amor. El verdadero amor.

Pero ¿qué amor? ¿qué amor puede salvarnos de nuestra soledad, de nosotros mismos? Si al final siempre, como dijera Sabato, seremos como “dos islas cercanas separadas por insondables abismos”, si al final parece que a lo único que podemos aspirar es a que nuestra soledad se sienta acompañada.

Así que de eso va, de la vida de Hajime y su verdadero gran amor, Shimamoto, la niña con la que escuchaba música cuando era niño. De la vida de Shimamoto y su verdadero gran amor, Hajime, el niño que es (aún treinta años después) su único amigo. De amores posibles, probables, imaginados, imposibles.

De la vida y sus decepciones, de crecer, de alcanzar algo y sentir, en el momento justo en que lo tocas, que has luchado años por algo que tiene la consistencia del humo y las cenizas. Y en medio de ese proceso guardar en una cajita - a prueba de calendarios, lluvias y mutaciones – la solución imaginada. Y sacar esa cajita cada día un poquito, sólo para ayudarnos a vivir, para creer en la posibilidad de que las cosas sean diferentes.

La cajita de Hajime tenía recuerdos de la niñez, el rostro de Shimamoto. La de mi mamá tiene un billete de lotería. La mía la foto de un bloguero. La de mis migrantes entrevistados las leyendas del sueño americano. Concientes de nuestra incompletud, somos sin embargo lo suficientemente creativos para creer que “si tan sólo…” las cosas serían diferentes, felices, porque nos resistimos a aceptar la idea de que de eso va, que no estamos incompletos, sino que somos incompletos.

Y, paralelo a esto, magia. Los amores posibles: cotidianos, imperfectos, ni de novela ni de leyenda, pero posibles, reales, ¿Verdaderos?. Adivinen la respuesta de la Srita. Melancolía: sí, Verdaderos. Y no esperarán que les eche a perder el libro revelándoles la respuesta de Murakami.

domingo 25 de octubre de 2009

Probabilidades


A los treinta años me casé. A ella la conocí en un viaje que hice en solitario durante unas vacaciones de verano. Era cinco años menor que yo. Había salido a pasear por el campo cuando empezó a llover a cántaros y, casualmente, en el lugar donde corrí a refugiarme se encontraba mi futura esposa, acompañada de una amiga. Los tres estábamos empapados de los pies a la cabeza y eso sirvió para romper el hielo. Nos hicimos amigos charlando mientras esperábamos a que escampara la lluvia. Si aquel día no hubiese llovido, o si yo hubiese llevado paraguas (algo muy posible, porque al salir del hotel dudé y estuve a punto de cogerlo), no nos habríamos conocido. Y si no la hubiera conocido, todavía estaría trabajando en la editorial de libros de texto y, por las noches, bebiendo y hablando solo recostado en las paredes de mi apartamento. Cuando lo pienso, me doy cuenta de que nos movemos dentro de unas posibilidades muy limitadas. (Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol)

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En otra esquina más del laberinto,
una cualquiera, en otra arruga más
de la desfigurada cara de este mundo,
nuestros pasos se cruzan sin saberlo.

Alguien pierde la historia de su historia,
por no pararse a tiempo en un escaparate,
mientras, al otro lado de aquel mismo cristal,
alguien ya se ha dolido
de una definitiva carencia incomprensible.

En una calle anónima, un sujeto en la sombra
nos perdona la vida, después de haber pensado:
Hoy has vuelto a nacer hijo de puta,
y el caminante próximo es la víctima.

Una voz al azar en un transporte público
no sabe, compungida,
explicarse por qué alguien sobre el que habla
estuvo en un lugar que jamás frecuentó,
en el instante exacto en que estalló la bomba.

Un teléfono suena,
en la casa vacía suena y suena,
y quién sabe qué vidas ya se han precipitado
en quién sabe qué pozos
de qué impensable noche.

A veces he querido
traducir ese rostro con expresión idiota
con que el mundo nos mira y lo miramos,
y termino contándome, idiota, alguna historia,
cuyo humor no he aprendido a traducir aún.

Ya saben: el coche mortuorio,
parado a nuestro lado, en el semáforo,
en el centro de un día que esplende, indiferente.

O aquella, tortuosa, de hospital:
un tipo muy contento, tras un feliz diagnóstico,
entra en un ascensor donde alguien llora.

Carlos Marzal

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Por eso las buenas historias se empiezan a contar por el final.

viernes 16 de octubre de 2009

Sólo para que conste...


El mundo es injusto a mi favor
frase robada del nick de Emilia

lunes 12 de octubre de 2009

Muero de miedo

Tengo miedo de que ciertas cosas se "levanten de la tumba", porque pese a lo tentador que resulta, creo que no es muy buena idea. Pero antes de escribir (otro) post cursi, mejor dejo un (anti)poemita de Nicanor Parra.

El Anti-Lázaro

Muerto no te levantes de la tumba
qué ganarías con resucitar
una hazaña
................ y después
............................... La rutina de siempre
no te conviene viejo no te conviene

el orgullo la sangre la avaricia
la tiranía del deseo venéreo
los dolores que causa la mujer

el enigma del tiempo
las arbitrariedades del espacio

recapacita muerto recapacita
que no recuerdas cómo era la cosa?
a la menor dificultad explotabas
en improperios a diestra y siniestra

todo te molestaba
no resistías ya
ni la presencia de tu propia sombra

mala memoria viejo ¡mala memoria!
tu corazón era un montón de escombros
-estoy citando tus propios escritos-
y de tu alma no quedaba nada

a qué volver entonces al infierno del Dante
¿para que se repita la comedia?
qué divina comedia ni que 8/4
voladores de luces - espejismos
cebo para cazar lauchas golosas
ese sí que sería disparate

eres feliz cadaver eres feliz
en tu sepulcro no te falta nada
riéte de los peces de colores
aló - aló me estás escuchando?

quién no va a preferir
el amor de la tierra
a las caricias de una lóbrega prostituta
nadie que esté en sus 5 sentidos
salvo que tenga pacto con el diablo

sigue durmiendo hombre sigue durmiendo
sin los aguijonazos de la duda
amo y señor de tu propio ataúd
en la quietud de la noche perfecta
libre de pelo y paja
como si nunca hubieras estado despierto

no resucites por ningún motivo
no tienes para qué ponerte nervioso
como dijo el poeta
tienes toda la muerte por delante

martes 22 de septiembre de 2009

Un grito de amor desde el centro del mundo


Un grito de amor desde el centro del mundo, de Kyochi Katayama

Editorial Alfaguara, 2008

Precio aproximado: 150 pesos

Calificación de la aficionada Srita. Melancolía: dos estrellitas y media

- En nuestro mundo la muerte es algo muy cruel, Sakutaro – dijo mi abuelo en tono cariñoso -. Sin nada después de la muerte, sin reencarnación, la muerte es un vacío. ¿No te parece algo despiadado?

- Pero es un hecho. No podemos hacer nada para evitarlo.

- Es posible que haya otras maneras de verlo.

- Pues yo, cuando leo que los cristianos dicen que la muerte es hermosa y que no hay por qué temerla, me indigno. Me parece algo estúpido y arrogante. La muerte no es hermosa. Es patética y vacía. Y tenemos que aceptarlo.

Para empezar, quisiera saber cuál es el título en japonés, eso de Un grito de amor desde el centro del mundo no termina de entusiasmarme. Escogí este libro para llevármelo en mis vacaciones pasadas a Mazunte, resultando una elección acertada porque la verdad es que no tenía ganas de complicarme mucho. Así que bueno, en cuanto a la forma es un librito de lectura fácil, que igual la pueden hacer tirados en la playa que esperando el camión. Algunos diálogos son muy divertidos, las situaciones están bien construidas, así que seguramente leyéndolo recordarán algo de su novio/a adolescente, lo cual creo que era el propósito. Si alguien da clases en secundaria podría encargarlo como lectura obligatoria, creo que resultará más provechoso que cualquiera de Juventud en éxtasis, y creo que a los adolescentes les gustaría mucho, así que puede ser un buen anzuelo para que dejen de pensar un poco en la “rebeldía” de los camaleones y de los rbds.

Sin embargo, no se trata sólo de un libro de amor y desamor adolescente. Lo que hace que valga la pena leerlo es que nos enfrenta con preguntas milenarias a las que, sin embargo, seguimos sólo aventurando respuestas. Nos enfrenta con la muerte, con su dolorosa presencia cotidiana y, sobre todo, con su sentido o sinsentido.

Lo cual no es cosa menor. Si bien no pensamos diariamente en la muerte, su existencia pone en jaque como ninguna otra cosa no sólo nuestra vida en términos físicos (y obvios), sino, especialmente el sentido que le demos a ésta. Si la muerte no tiene sentido, la vida tampoco. El muy famoso problema de la teodicea, cuyas respuestas serán siempre un acto de fe.

Y es ahí, cuando nos enfrentamos a la muerte (propia o de un ser querido), cuando nuestra humanidad se revela en todo su esplendor, en toda su miseria. Es ahí, ante la irreversible pérdida, cuando nuestras respuestas resultan siempre insuficientes, cuando “temblamos y titubeamos como ebrios, y toda nuestra ciencia es inútil”… es ahí cuando somos más humanos y, quizás, un poco más humildes y sabios. De eso se trata este libro.

martes 8 de septiembre de 2009

2 por 1

you laugh until you cry
you cry until you laugh
and everyone must breathe
until their dying breathe

Regina Spektor

En mis días en Saltillo se me ocurrió la brillantísima idea de limpiar mi computadora de escritorio viejita. Quienes sean mis amigos en fb ya se habrán enterado que me divertí mucho rescatando fotos pasadas de cuando tenía el cabello largo y me vestía con blusas de manta. También me encontré una crónica, que me parece que después subí al blog que desapareció. Me causó una sensación bien extraña releerla, se las dejo:

CRÓNICA DE UN DÍA CON FRÍO (25 de noviembre de 2006)

Mi día inició exactamente a las 12 am, hora en la que estaba llegando a mi casa. Con frío, porque no traía chaqueta. Y por una plática que me dejó confundida, desalentada y con la Srita. Melancolía diciéndome algo así como “yo te lo advertí…”. Por fortuna, existe el Internet. Y están ellos, que me escuchan - leen, hacen reír, distraen hasta que son las 2 am y siento sueño. Eso es buena señal, pienso. Apago la computadora, voy a mi cuarto y trato de descansar. Pero el sueño no llega. Y estoy ansiosa, y hay un recuerdo que se repite y se repite y se repite. Y es tonto, porque es sobre algo insignificante, pero que me lastimó mucho (un gesto, una palabra, una expresión, algo tal vez involuntario de otra persona…). Así, son las 3:30 am y el sueño no llega. Las pastillas para dormir a mi lado, junto a una botella de agua son demasiado tentadoras. Me tomo una. Me quedo dormida. Pero me despierto como a las 6, con pesadillas, es una pesadilla que tiene su obvia explicación, sueño que voy caminando con alguien tomada de la mano y que de pronto ese alguien me suelta, y veo mi mano sola y como si tuviera personalidad propia, la veo sola y confundida y a lo lejos muchas manos moviéndose, juntas ellas y la mía sola. Es todo mi sueño, las manos y después mi mano y después angustia. Me despierto. Tomo agua. Me vuelvo a dormir. Me vuelvo a despertar como a las 9 de la mañana, otra vez por una pesadilla. Esta vez son unos sapos enormes de colores que están al lado de mi cama. Después son lagartijas. Y después unas iguanas inmensas, como dragones chiquitos. Yo trato de gritarle a mi mamá, pero no responde. Los pequeños dragoncitos se meten debajo de mi cama. Me despierto y me doy cuenta de que estoy llorando.

Me quedo acostada mucho rato, pensando. No tengo ganas de levantarme, ni de ir a la escuela, ni de moverme siquiera. Las lágrimas brotan solas, casi sin que me dé cuenta. Entonces recuerdo los miles de consejos que he recibido y que me he dado. Hago un enorme esfuerzo físico y emocional por levantarme, darme un baño, salir corriendo de mi casa. Tengo que ir al banco, ése es un buen pretexto. Voy preparada para horas de fila pero en menos de cinco minutos mi asunto está terminado. No puedo regresar a mi casa. Tengo frío. Recuerdo que ni siquiera desayuné, así que me compro un café muy caliente y me siento en una banca de la plaza de armas. No tengo ni idea de qué hora puede ser, pero lo infiero cuando veo a muchos estudiantes uniformados pasar por ahí, amas de casa apuradas con bolsas de comida, burócratas comprando refrescos. Son las dos de la tarde. Veo las palomas volar en círculos un largo rato. Recuerdo una escena que me encanta de la película “El Amanecer de un Sueño”, la niña, Beauty, le pregunta a su mamá con toda la seriedad y la inocencia del mundo “mamá, por qué no soy un pájaro?”. Después, inevitablemente recuerdo el verso que dice “quién me diera alas como de paloma?, volaría yo lejos y descansaría…”. Por qué no puedo volar lejos y descansar? Hace unos meses (tan sólo seis, pero ahora me parecen muchísimos) escribí un post en el que estaba emocionada por estar “en el lugar en donde quiero estar, haciendo lo que quiero hacer, y con quienes quiero estar…”. Pues hoy es todo lo contrario. Estoy justo donde no quiero estar. De pronto las cosas no se ajustan en ningún lado, ni en mi casa, ni en la escuela, ni en el trabajo, ni en mis relaciones personales. No se ajustan, no fluyen hacia un lugar tranquilo. Y no tengo ni idea de cómo solucionarlo.

En mis cavilaciones encuentro una pista importante. Hace mucho que no hago algo con pasión. Eso me pone mal. Estudiar algo que no me entusiasma, hacer un trabajo sólo por dinero y porque todavía no se vence el contrato, estar por estar, estudiar por estudiar. Pero no siempre ha sido así, pienso. Y recuerdo los últimos cuatro años (que es el tiempo que ha transcurrido entre mi última súper crisis existencial y ésta). Ese crecer, y descubrirme. Y Voz de Mujer (el evento feminista universitario) y que surgió no del ocio, como mucha gente pensó, ni de otras motivaciones, sino de la rabia. Así, de la rabia. De enterarme de lo que sucedía en Cd. Juárez y enojarme muchísimo y sentir que “tengo que hacer algo”. Y así, de la rabia también, surgieron muchas cosas en este tiempo, eventos, proyectos, conferencias, mantas, manifestaciones. Yo contenta y apasionada. Como con una efervescencia interna que no me dejaba en paz. Hasta que de pronto me daba cuenta que hacía semanas que no dormía mis ocho horas, y que hacia semanas que no comía algo casero y decente. Pero estaba contenta. Luego, ver cómo se concretaban esos proyectos, ver sus errores y dolerme de ellos. Pero también ver sus aciertos y sentir que había valido la pena. Sentirme en la lucha, sentirme viva. Y en medio del trabajo y los excesos, las miles de sonrisas, los lazos de complicidad con quienes compartían la visión, las anécdotas tristes y divertidas. El proceso de maduración. Descubrirme, aprender a volar. Conocer otra gente, aprender de ella, admirarla. Si, creo que eso era la pasión.

No sólo eso. También recuerdo mis exilios voluntarios en la infoteca. Redescubrir mi pasión por leer. El tiempo que pasaba sin que me diera cuenta. Gûnter Grass y Mi Siglo y Eric Hobsbawm y mi pasión por la historia. Y llorar con Benedetti. Y conocer a Rosario Castellanos. Y enamorarme de José Saramago. Mis horas de anonimato en la infoteca, de las que salía contenta, sonriente, casi volando.

Y en medio de todo este proceso, él, “mi amor, mi cómplice y todo…” Entonces, debo recuperar eso, la pasión. Tomo nota mentalmente de pasos prácticos. Decidir sobre mi posgrado, leer más, clavarme en la única investigación que me interesa en este momento (sobre historias de vida de las migrantes centroamericanas).

Me siento tranquila y reconfortada después de que esos recuerdos me han llevado a esos pasos. Es cuestión de tiempo y disciplina, pienso. Y sonrío.

Estoy tranquila, mucho más tranquila. Pero algo adentro me sigue doliendo. Sigo teniendo frío. Llego a mi casa, como un poco. Entonces nos quedamos solas ella y yo. Ella me conoce desde que nací. Es mi mamá. Puedo hablarle. Lo intento, intento desahogarme y empiezo a decirle que “es que últimamente siento que las cosas no van bien….”. No, no podemos comunicarnos. Ella tiene sus convicciones, su manera de concebir el mundo. Y mil cosas nos separan. Me voy a la escuela enojada, este intento no exitoso de conversación me ha dejado aún más mal.

Estoy a pocas cuadras de la Facultad, pero siento algo atorado entre la garganta y el pecho. No puedo ir a clase así. Me siento otra vez en una banca. Las ganas de llorar son inaguantables. No sólo de llorar, de hablar, de quebrarme. Pero me da miedo hacerlo sola así que busco un lugar seguro. Tal vez unos brazos, tal vez una voz. Y termino marcando un número de celular. Después de todo, sé que él no va a escandalizarse cuando me oiga así de mal (creo que ya me ha visto peor un par de veces…), sé que no va a tratar de animarme con frases trilladas. Si, es un lugar seguro. Y le marco. Y me contesta que “nos vemos mañana o pasado, ahora voy justo de salida. No te pongas mal…” Contesto que claro, que entiendo. Adios. Vuelve a marcarme sólo para “asegurarse de que no estoy tan mal”. Pero igual no puede venir, hay cosas urgentes, inaplazables, planeadas de antemano, que no puede dejar de hacer. Entiendo, claro. Entiendo. Entiendo. No puedo quebrarme.

Entonces, ahora que sé que nadie vendrá en la próxima hora, escucho música a todo volumen y contemplo largo rato las hojas de los árboles. Y pasa mucha gente, y novios, y carros, y señoras con bolsas de mandado, y gente paseando a sus perros. Y de pronto esa rutina de los demás, ese anonimato mío, me hace sentir en paz. Aquí estamos todos, con nuestras tragedias y alegrías cotidianas. Ahí está el mundo, y la noche que sigue al día, y el otoño que sigue al verano. Y eso no va a cambiar. Esté yo, o no esté. Esté feliz o triste, eso permanece. No somos nada. No soy nada.

Son casi las seis. Hora de mi examen. Lo presento, creo que me irá bien. Regreso a mi casa y estoy tranquila. Aunque aún con frío. Tal vez es sólo que no son mis mejores días.

UPDATE.

Ciertamente, ésos no fueron mis mejores días. Después: las cosas se pusieron peor, toqué fondo en diciembre de ese año, horrible. Después: un año de terapia. Después: planes, risas, viajes, un exámen de admisión. Después: despedidas, una mudanza de ciudad, nuevos amigos, nuevos problemas. Después: otra vez una mini crisis, otra vez terapia, otra vez días malos. Después: otra vez risas, otra vez viajes, otra vez planes. Después: hoy.

Sin puntos de inflexión, sin demasiadas conclusiones, con poquitas certezas, varias cicatrices y más "experiencia" escribo hoy esto. Por una parte, me fascina decir con "conocimiento de causa" que todo pasa. Por otra parte, incluso el dolor - por ser casi tan efímero como la felicidad - me parece también un poco sin sentido. Pero hoy ando animadita, y muero de ganas de seguir escribiendo updates, de seguir desenrollando el tiempo con miedo o desparpajo.

jueves 3 de septiembre de 2009

vergüenza

Avergonzada. Así me siento en este momento. Y, por contradictorio que suene, también un poco animadita.

Empecemos por lo bueno. Animadita porque en estas vacaciones, durante varias pláticas tuve la sensación de que lo que estudio/hago es completamente inútil (confesión que llenará de orgullo a ciertos lectores que piensan que eso de las “ciencias sociales” es una vacilada, y que llenará de respuestas a mis compañeritos científicos sociales). Pero sí, en no pocas ocasiones me pregunté qué onda con mi tesis, a quién le importa la identidad de género, qué impacto puede tener en la vida de los hombres y las mujeres… Qué sentido tiene estudiar género en un país en el que el discurso de la “equidad entre hombres y mujeres” ya se ha institucionalizado. Pues bien, hoy vi la noticia de que en Querétaro se aprobó la Ley Antiaborto, y que una mujer se desnudó para demostrar que “es dueña de su cuerpo”. Y entonces otra vez la rabia, y otra vez el “no puede ser que esas cosas sigan pasando – ésas cosas: la ley antiaborto – y otra vez el pensar que es bien paradójico, pero a veces esas injusticias, o esa falta de claridad en el pensamiento político, son lo que hacen que una sienta que vale la pena estudiar un poquito. Después de todo, qué tanto son dos añitos, de los cuales ya nomás me falta uno, para después ir y despotricar con todo el respaldo que se supone que FLACSO me dará, en contra de los gobiernos panistas, priístas y perredistas…

La segunda cosa es que hace rato estaba yo en una cantina fresa de Coyoacán tomando cerveza con unos conocidos. A decir verdad, con un conocido, que tenía que salir con dos maestros alemanes por algo así como compromiso de la escuela, y que dijo que yo siempre soy buena compañía con los desconocidos (jaja, nomás con los desconocidos..), así que me invitó que para que les hiciera plática en mi pésimo inglés. Luego, una niñita como de seis años se acercó a vendernos unos chocolates bocadín a cinco pesos. Y yo le dije que no, que gracias, que en otra ocasión. Y se fue, pero luego regresó a decirme otra vez que le comprara un chocolate. Y otra vez le dije que no, pero ya para entonces mi conciencia decía “ay Natalia, son las doce de la noche y esta niñita en vez de estar dormida para ir mañana a la escuela, anda vendiendo chocolates en la calle”. Luego se fue, y chocó accidentalmente con el señor que estaba ahí tocando una guitarra. Y el señor la regañó feo, le dijo que lo dejara trabajar así como él la dejaba trabajar y bla bla bla. Pinche señor abusivo, pensé, y volteé a verlo con cara de “acabo de oír todo lo que dijo y ay de usted donde se le ocurra tocar a esta niñita”. La niñita me vio, el señor me vio, la niñita caminó otra vez a mi mesa. Yo ya para entonces tenía ganas de irme (jaja nomás a mi me dan ganas de irme cuando pasan esas cosas…), pero entonces, antes de que yo pudiera decir algo, cuando se acercó la niñita, uno de los alemanes (que hasta entonces me había caído súper bien) le dijo (en su pésimo español) “ya te dijo que no, ya déjala en paz”. Y la niñita le dijo “qué dices amigo?” y el pinche alemán hijo de su puta madre le dijo “no soy tu amigo y te dije que ya nos dejes en paz”. Ohhhhh, pueden creerlo?????? Le dijo eso a una NIÑITA!!!!!!!. La niñita nomás hizo caras así de sacar la lengua y mover la cabecita a los dos lados y se fue.

De ahí en adelante estuve con cara de “ya me quiero ir”, me dediqué a platicar con el otro alemán, todo lo que dijo ése alemán (hijo de su puta madre) me molestó. Y ahora me siento muy avergonzada porque sí, mucha lucha feminista, mucha lucha feminista, y de qué carajos me sirve leer toda la tarde Gender and Power si después no puedo contestarle a un alemán que eso no se le dice a un niño, y darle cinco pesos a una niñita que vende chocolates. Me siento muy, muy, muy avergonzada, y algo en mi cabeza se deleita quitándome el sueño diciéndome “cinco pesos no son nada….”.

Me siento una farisea, y tengo muchas ganas de llorar. Alguien dígame que rezando dos aves marías me voy a sentir mejor. Aunque la verdad es que ni siquiera sé rezar.


Nota al calce: Ya sé que los insultos de este post son sumamente sexistas, pero son los más grandes que me sé.