lunes, 22 de agosto de 2016

Otra vez extraño escribir, y otra vez regreso al blog porque no sé a dónde más. Aunque hace varios meses dije que ya nunca jamás iba a volver por aquí, que no tenía caso, que ya pasó de moda, que ni siquiera escribo chido. Así que desde hace varios meses mis ejercicios de escritura se han divido en dos: por una parte cosas que creo que son serias y podrían publicarse en algún lado menos anónimo que acá (pero en realidad parece que no tanto porque de ninguna revista de arte/cultura me han respondido), y por otra parte correos, muchos correos que mando casi todas las semanas a los afectos que andan regados por la Ciudad de México, Saltillo, Londres, Sudáfrica.

***
Hace varios años fui a una cantina con un entonces amigo, y unos tipos de otra mesa quisieron acercarse a la de nosotros. Mi entonces amigo se puso a discutir con uno de ellos un tema aburrido, y yo me puse a platicar con una señora no me acuerdo de qué. Sólo me acuerdo de que entonces yo estaba medio peda, y medio perdida con mi vida, así que le dije eso ‘creo que no sé qué quiero hacer con mi vida’; la doña me dijo que el consejo que le daría a una hija (si la tuviera) sería ‘haz lo que querías hacer cuando eras niña’.

Pues yo cuando era niña quería ser escritora. Leía, y leía, y leía, acorralada por el tedio dominical, mi nula vida social, y mis nulas actividades extraescolares. Creo que leer y escribir van de la mano, porque ya desde entonces se me ocurrió que si disfrutaba tanto leer, pues imagínense cuánto mejor sería escribir. Así que ñoñísimamente escribía cuentos y ‘reflexiones’, pero creo que ya desde entonces me salían puras cosas cursis que trataban de imitar a Las Mujercitas.

Mi biografía lectora es un espejo de mi biografía en todo lo demás: he ido improvisando con mayor o menor fortuna, porque resulta que nunca he tenido mentores/as ni modelos. Es como cuando digo: ‘soy la primera de mi casa en ir a Estados Unidos’ jajaja. Se oye bien tonto, pero es neta: a mí nadie me explicó cómo moverme en un aeropuerto, cómo pedir explicaciones, cómo no tener miedo a situaciones desconocidas. Así que voy por la vida muriéndome de miedo y de emoción al mismo tiempo, y voy por la vida improvisando.

Con las letras me pasó exactamente lo mismo. Jamás voy a terminar de agradecer que mi mamá me comprara libros con el dinero de las tandas, pero básicamente me dejaba leer lo que quisiera, pensando que ‘qué hijas tan raras éstas que piden libros cada cumpleaños’. Se supone que aquí los/as profesores podrían haber jugado un papel importante, pero pues educación mexicana en la que me exigían leer a Paulo Coelho y a Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Una de mis tías con varo una vez nos regaló a mi hermana y a mí como cinco libros de CCS, ‘a ustedes que les gusta tanto leer, creo que esto vale la pena’. Seguramente vio la recomendación en algún lado (en uno de esos programas matutinos, tal vez), fue a un Soriana, los compró para ella y luego le dieron hueva y nos los regaló. Mi hermana y yo los leímos todos, y perdón pero yo consideré en aquellos entonces que ‘Un grito desesperado’ era una novela muy buena y muy fuerte. Ja.

Así que nunca hubo una de esas voces autorizadas que me dijeran ‘oye, lee esto, no leas aquello’. Todo ha sido al tanteo: pérdidas de tiempo, hallazgos luminosos de los que me doy todo el crédito. Quizás por eso no soy una de esas mamonas de la literatura que ven por encima del hombro a quienes piensan que Benedetti es un buen escritor. Quizás por eso en realidad me vale valía madre ir por la vida inventando mi propio canon de autores desconocidos. Como ahorita, que en vez de estar leyendo a uno de esos clásicos que no conozco, estoy leyendo a una coreana desconocida (Han Kang) porque me interesó una reseña que leí de la manera más random en un aeropuerto. También estoy leyendo a Bessie Head, que según me entero es una autora obligada en la literatura africana/poscolonial/feminista. ¿Pero saben cómo descubrí a Bessie Head? Porque en la recepción de clausura del curso de N.Y. un tipo me dijo que estaba haciendo su tesis sobre los libros de Toni Morrison y de Bessie. Yo estaba medio peda (jaja, para variar), y le dije que me encanta Toni Morrison, pero que a la otra morra no la conocía. Luego, como estaba peda, me entró la angustia de que al otro día no me iba a acordar, así que le pedí al tipo que me escribiera el nombre en un papelito. Semanas después me acordé y me puse como loca a buscar sus libros. Voy siguiendo pistas, pero son pistas bien desorganizadas y que no siempre llevan a buenos lugares.

Quizás en la lectura es así, y aunque es un poco raro que haya leído tanta autora africana y tan poco de José Emilio Pacheco o de Carlos Monsiváis, pues creo que me siento ligeramente cómoda con mi trayectoria lectora. Siempre puedo fingir que es más por hipster que por ignorante. O siempre puedo quedarme callada y no contar la historia de que en mi familia mi abuela era la única que leía ficción, pero creía que Isabel Allende era una gran escritora. Hola otra vez, Bourdieu!

Con la escritura me pasan cosas más complicadas. Por ejemplo, que nunca tuve la garra de decir en serio que ‘quiero ser escritora’ y ponerme a pensar en cómo hacerle. Y ese mentor/a que en las narrativas de los escritores siempre aparece, en la mía sigue echándose de menos: nadie me dijo que podía dedicarme a eso, que podía vivir de eso, que no tenía que ser una persona genial para escribir libros que pudieran publicarse y venderse. Porque cuando era morrita y podía escoger, para mí ser ‘artista’ estaba tan lejano como ser rubia, delgada y tener un novio guapo: cosas completamente fuera de mi universo de lo posible. Me imaginaba que ser ‘artista’ era una cosa extraordinaria, que tenías que haber nacido con ese talento manifestándose quién sabe de qué manera, a través de quién sabe qué trances. Nunca se me ocurrió que era una cosa de aprender y que, aunque difícil, había un camino más o menos claro de cómo-le-hace-una-para-dedicarse-a-esto.

El contexto familiar no ayudó mucho, y en una comunidad en la que me decían que si me salía de medicina iba a ser una fracasada, haber terminado escribiendo sociología es ya una transgresión suficiente, creo.

Pero este año pasaron cosas en mi vida. Renuncié al trabajo, he vivido estos 8 meses en casas prestadas, he viajado, ido, regresado. De repente estuve en N.Y. tomando clases con una morra famosísima, o estuve en Sudáfrica en una zona pobre escuchando una conferencia de Bill Gates, o estuve hablando con un diplomático chavista, o en la Ciudad de México en un bar feminista en donde una morra me dijo que si no soy lesbiana es por miedo a renunciar a mis privilegios heterosexuales. Y de repente pensé que quizás, después de todo, todavía podía darle vuelta al volante y ponerme a escribir ‘en serio’. Sin mucha idea de qué quiere decir ‘en serio’, supongo que algo tiene que ver con publicar y que alguien te lea.

Pero resulta que no, porque ahora estoy grande, no tengo contactos, no tengo redes, no sé cómo funciona el asunto de la publicación fuera de la academia y, sobre todo, no escribo lo suficientemente bien como para dedicarme a eso. Por eso me enojé con el blog, y por eso dije que ‘nunca más’: porque es una cosa para aficionados, porque al final de todas formas nadie me lee, porque es (y esto lo escribí en varios mails) como si fuera una niña que se pone a hacer dibujitos cuando su mamá la lleva a su oficina porque no tuvo con quién dejarla, y entonces todo mundo dice “qué bueno que la niña, tan buena, se entretiene solita”, y la mamá da gracias a dios de que así sea y le dice a la niña que sus dibujos están bien chidos y que los va a pegar en el refri.

Así que los últimos dos meses, además de todas las cosas que ya van tomando forma en una bonita y bien conocida depresión (de la que además ya qué hueva escribir), me he dedicado a hacer una especie de duelo por eso que no fui. Que no soy.

Me tardé un montón en tomarme en serio a la niña que fui, y luego en darme cuenta de que mejor no. Envejecer a lo mejor es eso: darle cuentas a nuestros yoes anteriores, y llorarles un poquito en sus pequeñas tumbas. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

https://litreactor.com/columns/10-authors-who-prove-its-never-too-late-to-start-writing

Ti. dijo...

Mira, yo rotome mi interés por la esciruta este año entre aun taller de escritura creativa, no sé si me ha ayudado mucho pero no creo que sea una cosa de triunfar o no si de escribir y escribir y volver a escribir. leer, re escribir corregir eliminar ruido y aceptar que uno escribe para uno y quizas a alguien le guste.

Anónimo dijo...

Yo sí te leo

[.A simple girl.] dijo...

Yo creo que habría un sinfin de razones por las que uno (yo y los que aquí comentaron) te podría decir que no mates el sueño porque aún tienes con qué, la cosa es que tu te animes; me queda claro que eso es todo lo que necesitas, y al final como escribió Ti, uno siempre escribe para uno, en el blog, en una libreta, o para un libro y si a alguien le gusta, pues que chido...

¿Sabes?, en los JOlimpicos de Rio, vi a un inglés ganar una medalla de oro en equitación, lo cual no sería una gran noticia si el no tuvera 58 años y por el hecho que compitió con el campeón hasta ese entonces, de la mitad de su edad... ¿¡sabes las probabilidades que existen en ganar una medalla de oro a los 58?! (you do the maths)... así que si a él le pasó, a uno tmb, al menos a mi me ha encendido una pequeña esperanza....

Saludos N.