lunes, 3 de junio de 2013

En la vida real el drama es menos intenso que en el blog. Pero escribir me gusta, me ayuda a poner los sentimientos en una cajita, a releer y releer y hacer una especie de disección de las emociones.

Quizás debería intentar una especie de balance y escribir también de las cosas lindas de estos días, que se concentran en la palabra ellos, mis ‘finales felices’.

También debería decir que estoy profundamente agradecida porque esta vez puedo seguir leyendo y escribiendo. Creo que en el 2009 fue mi depresión más grave, recuerdo mi incapacidad total para articular dos líneas o para concentrarme en la lectura de cualquier cosa. Era terrible.

Pero esta vez leer ha recuperado la posición de ‘actividad salvadora’ que por varias temporadas ha tenido en mi vida. Leo muchísimo porque es de las pocas cosas que hace que me olvide de la especie de bruma que estos días se ha instalado a mi alrededor. He intentado lo mismo con música y con películas, pero hasta ahora la literatura es lo único que logra absorberme de manera casi total.

Terminé Sanshiro; Natsume Soseki se consolida como uno de mis autores favoritos de los últimos tiempos. De sus libros me gusta sobre todo el humor, los personajes inocentes y caradura, la burla recurrente de los intelectuales atormentados.  Y, predeciblemente, me encanta ese estilo contemplativo que imagino tan típicamente japonés.

(Me gusta esta anécdota que se cuenta en el prólogo de Botchan: Soseki vive en Inglaterra un tiempo, pero no es feliz ahí. En cierta ocasión invita a alguien a contemplar cómo cae la nieve – sin duda una costumbre elegante y delicada en Japón – y sólo logra que se rían de él).

A propósito de todo esto, la semana antepasada fui a cumplir con mis compromisos laborales (vaya!) que consistieron en ir a una presentación de los resultados de la encuesta nacional de lectura en México durante el 2012. Los datos son absolutamente deprimentes (no en balde el título de la conferencia fue “De la penumbra a la oscuridad…”).

Los mexicanos identifican la lectura con una actividad meramente escolar, por lo que a partir de cierto rango de edad (es decir, cuando se termina la universidad) disminuye drásticamente el tiempo que pasan frente a los libros. Habría que señalar aquí otro de los fallos de nuestro lamentable sistema educativo: no se están formando lectores autónomos. Docentes que no dejamos sembradas dudas o curiosidades en nuestros estudiantes, que los acostumbramos a leer para pasar el examen pero no a considerar esa actividad como una práctica cotidiana. Desesperanzador.

Otro dato que anoté: sólo el 46.2% de los encuestados respondieron estar leyendo algún libro. Para más de la mitad de los mexicanos leer es una actividad exótica y ajena. No sorprende entonces que el 34% haya respondido, de plano, que “no me gusta leer”.

Más reflejos de la penumbra: sólo en el 15% de los hogares mexicanos hay más de 30 libros que no sean libros de texto. En el 56% hay hasta 10. Es decir, en más de la mitad de las casas mexicanas hay menos libros de los que yo me compro en cualquier FIL. Lo triste de eso es, otra vez, esta idea de los libros y de la lectura como algo no familiar, una cosa ajena, que se sale de la norma.

Ya sé que aquí podríamos hablar también de lo caros que se han puesto los libros últimamente, pero bueno, vaya, yo creo que no es esa la razón de esta ausencia de libreros y bibliotecas (aunque sea con traducciones humildes de la editorial Tomo)  dentro de nuestros espacios íntimos.

El proyecto en el que estoy participando y por el que tuve que ir a esa conferencia es sobre promoción de la lectura en estudiantes de EMS. Los lineamientos que nos han dado desde la parte institucional reflejan una visión de la lectura que tampoco me encanta: una cosa meramente instrumental. Los estudiantes tienen que leer para que sean buenos profesionistas, o para que sean más competitivos, o para que sean más emprendedores, o para que se droguen menos, o para que no entren a las pandillas (¿eh?).

Mi grupo de trabajo son docentes de EMS. Al principio siempre hay una sesión en la que platicamos con ellos sobre la lectura y bla, bla, bla, para tratar de comprometerlos con el proyecto. Los profes expresan opiniones sobre la lectura que tampoco me encantan: la lectura nos hace felices, nos hace ser mejores personas, una persona culta es una persona feliz y realizada, etc., etc. Es decir, una visión totalmente romántica e idealizada de los libros (recuérdenme escribir el post que tengo pendiente sobre una cursilada de textos que andan por la red sobre ‘salir con una chica que lee – salir con una chica que no lee’).

Honestamente, yo no creo que leer nos haga mejores personas, ni más felices, ni más empáticas, ni mejores ciudadanos. No sé bien qué respondería si alguien me preguntara que ¿para qué te ha servido leer en la vida? A lo mejor el chiste está, otra vez, en las respuestas en negativo. No hay que decirle a la gente que ‘tienes que leer para ______’, sino más bien sugerirles que si no leen hay una serie de emociones – ideas – pensamientos que van a quedar fuera de su mundo. Es decir, no plantear para qué sí nos sirve leer, sino qué cosas y posibilidades estamos eliminando si no leemos.

Funcionamos a base de ideas, somos sujetos semióticos que todo el tiempo estamos interpretando la realidad. No estoy diciendo que alguien que no lea no pueda hacer esto, repito, todos funcionamos de esa forma. Así que entonces habría que preguntarnos de dónde tomamos esas ideas (que a la vez interpretamos y resignificamos). De las conversaciones, de la televisión, de lo que nos dice el sacerdote o el astrólogo. Y de los libros, claro. Mi punto es ése, nomás, que no quiere decir que interpretaremos ‘mejor’ la realidad, o que tendremos más ideas, o que éstas serán más lindas; únicamente que, si no se lee, nos cerramos una fuente de sentidos posibles.

Otra vez una frase de Birulés:

“De nuevo podemos recurrir a las palabras de Arendt cuando escribe que ‘esperar que la verdad surja del pensamiento supone confundir la necesidad de pensar con el ansia de conocer’. Pensar es, pues, distinto del conocer y del obrar. El pensamiento, a diferencia del conocimiento, no nos ofrece certezas supuestamente definitivas ni verdades universales, sino, en todo caso, significado, sentido”.

Para eso nos sirve leer, creo. Y, claro, para distraernos de nosotros mismos en las depresiones, faltaba más!




3 comentarios:

Alexander Strauffon dijo...

¿"Vida real"?

En un blog, redes sociales, etcétera, se asoma por igual tu ser y tus pensamientos. En muchas ocasiones, de forma más sincera que estando cara a cara. Hacer esa distinción de "vida real vs. vida en internet", como si la de internet fuera falsa, es una equivocación.

Después de todo, lo que escribas, digas, y manifiestes por cualquier medio de comunicacion, habla de ti y viene de ti. Ya sea que uses tu nombre de acta de nacimiento, su version abreviada, o te hagas llamar "Necrodarkangel69" o como sea.

Spencer Portillo dijo...

Ojalá dieras clase en mi facultad , gente como tu hace falta . Un saludo . :)

Anónimo dijo...

Keep writing. Very refreshing to see u