jueves 17 de noviembre de 2011

Viejas chismosas

Mi mamá es una mujer a la que admiro muchísimo. Muchisísimo, y por numerosas razones. Una de ellas es sin duda que siempre ha trabajado, dentro y fuera de casa. La típica madre mexicana que hace malabares con su tiempo para cuidar a tres hijos, sostener un matrimonio, y aportar dinero a la casa porque ‘las cosas cada vez están peor’. Mi mamá, la de las ideas, la de los esfuerzos, la de los brazos cargados.

Hace poco más de una semana estuve unos días en Saltillo, en la casa de mis papás. Mi mamá abrió hace no mucho tiempo una tienda de ropa en la colonia, así que todas las tardes se va a su negocio y regresa hasta en la noche. Un día mientras cenábamos, me empezó a contar las novedades cotidianas: vendió mucho, tiene clientas nuevas, las vecinas han tomado el local como punto de reunión, así que a veces van nada más a saludar a mi mamá, llevarle un refresco, sentarse a platicar. Mi mamá me contó ese día que Fulanita y Sotanita habían estado con ella ‘toda la tarde’ en el local, y que Fulanita le contó que su hijo tiene problemas, se puso a llorar, mi mamá la consoló, la dejó desahogarse, le regaló un sueter y una oración.

Yo tan feminista postestructuralista, tan ferviente enemiga de las “identidades esenciales”, tan fan de Judith Butler. Y ahí me tienen, conmovida casi hasta el llanto por las historias de mi mamá. Sintiendo una admiración tan tan grande por las mujeres, por su inmensa capacidad de tejer redes, lazos, de pensar en la otra, de entenderse y llorar y consolarse. Dicen Nancy Chodorow y Carol Gilligan (entre otras), que las mujeres reciben una “socialización sexuada” que tiene sus bases en la división sexual del trabajo, y que marca por tanto sus identidades. Es decir, las mujeres aprenden (por las propias tareas y actividades que realizan) a pensar en términos de relación, a pensarse en los otros, a escuchar, a negociar, a dialogar.

Y yo creo que sí, que las historias de mi mamá casi siempre reflejan eso: las vecinas que se apoyan, que se dan consejos, que se ayudan y se regalan comida. Las prácticas y relaciones sociales tan comunes entre un grupo de señoras que comparten un espacio (religioso, espacial, de parentesco). Las pláticas sobre los hijos, el marido, los problemas, las angustias. Las lágrimas compartidas, las carcajadas y los chistes (tres señoras juntas: se viene el relajo, se viene, se viene!). La crisis, el trabajo, los divorcios.

Me acordé de dos cositas. La primera es que en su excelente libro histórico sobre el movimiento feminista en AL, Maxine Molyneux dice que en estos lares el movimiento nunca ha podido desprenderse de su “sesgo maternal”. Es decir, para esta autora lo característico del feminismo latinoamericano (en oposición al anglosajón o europeo) es que de este lado del mundo, los movimientos de mujeres rara vez se han pensado como colectivos en lucha por su ‘individualidad y autonomía’. Más bien, acá las feministas se preocupan por “la sociedad”, por transformarla, mejorarla, por aliviar las penas de los niños y los presos y los que no tienen para comer.

Si es verdad que todo espacio geográfico es un espacio político, creo entonces que esto debería de proporcionarnos algunas pistas en el quehacer de esta región. Vale madres el institucionalismo tan aséptico y tan bonito que el PNUD nos quiere vender, porque de este lado las mujeres hemos aprendido a pensar desde la doble alteridad de ser mujeres, y de ser tercermundistas. Las mujeres, aquí, no peleamos para que se respeten nuestros “derechos individuales” como son concebidos por la filosofía ilustrada. No señora (y mire Celia Amorós, que yo la admiro muchísimo también!). De este lado las feministas, tan mamás, tan relacionales, lo que queremos es que nadie se quede sin comer.

La segunda cosita es Cristine de Pizan y su “ciudad de las damas”, en cuya reflexión dice que las mujeres no habían accedido a los espacios políticos porque los hombres desde el principio habían impedido espacios de fraternidad femenina (o sea, sororidad). La “libertad, igualdad, fraternidad” sólo era posible para los varones porque sólo ellos podían tener esos pactos juramentados en calidad de hermanos – o sea, la hermandad como asociación política que sostiene al Estado y las instituciones-. Las mujeres, en cambio, habíamos sido divididas, enemistadas, imposibilitadas de vernos como hermanas y construir así nuestros propios pactos políticos.

Es cosa común escuchar eso de que “mujeres juntas sólo difuntas”, porque nos despedazamos, porque no podemos convivir, porque nos encanta competir entre nosotras, bla bla bla. Y porque el otro brazo de esta herramienta patriarcal, es que cuando las mujeres estamos juntas y hacemos cosas en unidad, inmediatamente son descalificadas a nivel público: las mujeres que van al local de mi mamá son “viejas chismosas que no tienen nada más que hacer”, igual las que van a las iglesias, las que se hermanan y se reúnen. Nuestros temas son triviales (ay mujer, deja ya de hablar del aumento en las verduras!), nuestras preocupaciones irrelevantes, tan domésticas, tan mujeriles.

Y pues no. Pues no, porque en esos espacios cotidianos las mujeres tejemos nuestras propias formas de entender el mundo, de entendernos unas a otras, y de nunca terminar de construirnos. Y por eso a mí me gusta tanto ser feminista, por eso me encanta el concepto de sororidad, por eso me conmueven las historias de mi mamá. Y por eso seguro un día de éstos termino peleándome con Butler y escribiendo sobre la ‘ética del cuidado’.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Y nada, tanta ilustración para terminar de vecinita.