"Para que pueda Ser, he de Ser otro, salir de mi, buscarme entre los otros,
los otros que sin mi no existen, los otros que me dan plena existencia"
Octavio Paz
Una de las partes que más me gusta en el programa de “Diez años menos” (sí, ajá, soy una chafísima antropóloga de clóset que se entretiene viendo Discovery Home and Health) es cuando meten a los participantes a una especie de espejo 360 para que puedan observarse de cuerpo completo por atrás, por adelante, por arriba y por abajo. Es raro cómo nada parece menos ajeno que el propio cuerpo (tantos años de vivirlo) y, sin embargo, cómo la gente se sorprende muchísimo de sus verdaderas dimensiones; nunca faltan las expresiones del tipo de “yo pensé que era muchísimo más gorda”, “me imaginaba con menos nalgas”, etcétera. También éste es uno de los pasos que a los participantes les cuesta más, por lo general siempre entran con cara de angustia (¿qué tal que por atrás se me ven todas esas lonjas espantosas que según yo siempre disimulo?)… parece que hace falta valor para ver el cuerpo tal cómo es, y parece que es un primer paso para aprender a vestirse y verse bien y etcétera.
El caso es que quizás nuestras dimensiones objetivas, meramente anatómicas, pueden ser relativamente fáciles de conocer: un espejo de 360 grados, una cinta métrica, un espejo con aumento y buena luz. La valoración se cocina aparte (si a mí me parece que soy linda o no, gorda o no tanto, flaca o nunca lo suficientemente flaca, etcétera), pero creo que dar datos ‘objetivos, medibles y verficables’ sobre el propio cuerpo daría una idea más o menos clara de quiénes (o cómo) somos.
Esto, sin embargo, es imposible de hacer con nuestras dimensiones subjetivas, en nuestra identidad (como buena pseudosocióloga le digo identidad en vez de personalidad o carácter). Porque resulta que ahí no hay nada medianamente objetivo que pueda ayudarnos a saber cómo y quiénes somos. Lo que nosotros pensamos de nosotros mismos es fundamental, ya que a fin de cuentas la identidad siempre es un discurso autoreferencial. Pero resulta que también es un discurso relacional, que siempre se construye en una interrelación constante con los otros: cómo me ven, cómo los veo, cómo interactuamos, qué piensan de mí, qué pienso de ellos, etcétera.
No podemos confiar demasiado en nuestras propias percepciones, porque supongo que la cosa más normal del mundo es que algunos días nos amemos y otros todo lo contrario. Lo mismo que con los demás. La identidad, entonces, es ese esfuerzo monumental por crear contornos (aunque éstos sean en algún grado variables y flexibles), y procurar por nuestro propio bien que esos contornos sean amables con nuestras vidas.
Cosa que, por cierto, yo hago fatal. Porque resulta que tengo una horrorosa tendencia a sobredimensionar las opiniones de ciertas personas, que luego no son muy amables conmigo. Entonces me atormento tratando de verme desde como me imagino que ellos me ven. Como un juego de espejos que se me convierte en pesadilla. Así, por ejemplo, duré todo el sábado y todo el domingo haciéndome harakiri barato, pensando que él seguro piensa que soy: boba, inmadura, extraña, no tan linda, pasable para una noche sólo, de flojera, risible, ridícula, y un largo etcétera que no me cuesta tanto trabajo imaginar.
Así que ahí me tienen, pensando en maneras de demostrarle que no soy eso. Y luego angustiándome porque no hay manera de cambiar lo que – según yo – él piensa de mí. Y después sintiéndome fatal y queriendo desaparecer porque la imagen de mí que él me regresa es justo ésa, la de alguien medio freak que todo el tiempo se hace películas en la cabeza.
Hasta que…. tarán. Mis amigos. Les cuento y entonces M. se muere de la risa y me dice que deje de hacer dramas (algo así), E. me dice ‘adorable’ y que estoy sobredimensionando todo todo. G. me dice que ‘ay por favor, y de verdad te importa tanto lo que un tipo como él piense de ti?’. J. me dice que ‘no es para avergonzarse, tu sabes que no eres eso’. Hacen magia y me recomponen el espejo. Me gusta mirarme en ellos, en su cariño, en su apoyo, en la manera en la que me dicen convencidos que soy linda, en la forma en que dedican tiempo a leerme o escucharme porque lo que digo no son todas fruslerías que se desprecien con un mohín. Me gusta cómo soy con ellos, como soy a través de ellos: la que no tiembla, la que se pone borracha sin pena, la que ríe a carcajadas, la que escribe mails enredados y larguísimos.
Y al final eso. Como siempre, Gelman:
Te nombraré veces y veces.
me acostaré con vos noche y día.
Noches y días con vos.
Me ensuciaré cogiendo con tu sombra.
Te mostraré mi rabioso corazón.
Te pisaré loco de furia.
Te mataré los pedacitos.
Te mataré una con Paco.
Otro lo mato con Rodolfo.
Con Haroldo te mato un pedacito más.
Te mataré con mi hijo en la mano.
Y con el hijo de mi hijo muertito.
Voy a venir con Diana y te mataré.
Voy a venir con José y te mataré.
Te voy a matar derrota.
Nunca me faltará un rostro amado
para matarte otra vez.
Vivo o muerto un rostro amado
hasta que mueras
dolida como estás ya lo sé.
Te voy a matar yo
te voy a matar.

4 comentarios:
Justo ahora estamos trabajando eso de la identidad en un taller de tanatologìa jojo
Saludos
saludos abrazos
Genial, Srita Melancolía... cuánta claridá hallo en sus palabras.
saludos!
entonces... te mataré...
Publicar un comentario en la entrada