domingo 29 de mayo de 2011

Es tan hermoso contemplar el mar.
Hubiera sido tan hermoso el mar
desde nuestro castillo de arena,
relamiendo el tiempo
con la ternura
honda y profunda del agua,
divagando sobre las historias que nos contaban
cuando, niños, éramos un solo poro
abierto a la naturaleza

Gioconda Belli

Aunque en lo que va del año he hecho varios viajes (Puebla, Morelia, Guadalajara…) en ninguno de ellos me había sentido de ‘viaje’. Eran más bien cosas tranquilas, en lugares lindos pero conocidos, y cuyo principal propósito era ver a gente querida más que enamorarme de las ciudades y los caminos. Así que cuando mi jefa me dijo que tenía que ir a Mérida (una ciudad que me encanta pero que ya conozco) y que tendría que hacerlo sola porque ella no iba, me dio mucha flojera. Pensé que estaba perdiendo mi ‘alma viajera’ cuando haciendo fila para documentar mi equipaje, lo único que podía pensar era “dios pero qué flojera, y además a morirme de calor bla bla bla”.

Mientras espero que sea el momento de abordar saco un libro sobre “la ética del cuidado” (mi nueva obsesión intelectual y la cosa más bonita que haya leído en años) y me compro un café. Y quién sabe cómo en algún momento me veo desde afuera. Les juro que me llegó de sorpresa verme sentada en un aeropuerto, a minutos de viajar para ir a exponer mi trabajo en otra ciudad. Y un trabajo que me encanta, además. Del que me siento orgullosa (soy tan ingenua que todavía le tengo fe a mis ‘aportaciones teóricas’). Así que por ese brevísimo momento pasa algo que (ahora que lo pienso) podría resumir un poco lo que voy a sentir el resto de la semana: soy una mujer afortunada.

Llego a Mérida, encuentro dónde hospedarme y me pongo a buscar un lugar agradable para comer. En el registro soy testiga de la efervescencia del evento: un montón de grupitos listos para disfrutar la ciudad, en grupo – por supuesto. No sé cómo termino comiendo en el mismo café en el que cené la navidad del 2007. Recuerdo ese viaje, recuerdo a mis amigos, la recuerdo a ella. Ella era una chica que llegó a cenar sola ese día: navidad en Mérida, ella sentada sola pidiendo cerveza tras cerveza. Se va poniendo borracha y empieza a platicar con todas las mesas de alrededor. Después empieza a llorar y cuenta (así: cuenta para quien la escuche) que su novio terminó con ella, que por eso está cenando sola en navidad, que el hijo de puta la cambió por una extranjera. Llora. Creo que los demás sentimos un poco de pena hasta que finalmente un alma bondadosa la invita a su mesa (no fuimos nosotros, por cierto).

Así que años después la recuerdo porque últimamente se ha convertido un poco en una visión que me da miedo. No quiero ser ella, nunca. No quiero ser la que se sienta sola en las mesas a emborracharse y esperar que alguien la invite a cenar en su grupo. No quiero ser la que se muera sola en una cama de hospital bla bla bla (ese miedo ya todo mundo se lo sabe). Me empiezo a malviajar en cuestión de segundos (y después de todo aquí estoy, de viaje en una ciudad hermosa… y sola. Los demás vienen dispuestos a las aventuras, a las confesiones, a las declaraciones, a las anécdotas memorables. Y yo sola). Hasta que afortunadamente dan las 4: hora de mi ponencia.

La academia cada vez me decepciona más. Me siento triste y frustrada de que un espacio que se supone debería ser de pensamiento, crítica, reflexión bla bla bla en vez de convertirse en un lugar de resistencia ante las absurdas leyes de mercantilización del CONACYT, se convierta en un grandísimo mercado de puntos para el SNI. Se venden las constancias de participación, se venden los proyectos, se venden los intereses, los programas, las ideas. Termino de exponer, se termina la mesa, todo bien. Cuando voy de salida me alcanza corriendo una chica de la UADY. Que mi ponencia le emocionó muchísimo, que ella también quiere hacer investigación de género y que si me puede preguntar algo. Que claro. Que si yo cuál creo que sea la diferencia entre las investigaciones de género y las investigaciones feministas. Ah para preguntita! Emocionada por la emoción de la chavita, empiezo a contestar (y además ven que ni me gusta eso de hablar sobre feminismo): que si el poder, que si la institucionalización, que si bla bla bla bla bla bla bla. Me quedo con mi alma académica un poco más recompuesta. La Universidad va a dejar de valer la pena el día que no pueda encontrarse en ella gente con ganas de aprender.

Al otro día presento otra ponencia, termino a eso de las 2, recojo mis constancias. Declaro que el congreso ha concluido para mí. Me voy a Tulum.

En el viaje de hace 3 años fuimos a las ruinas de Tulum pero no a la playa. Ahora muero por estar frente al mar. No tengo ni idea de cómo llegar, de si hay hostales, de nada de nada. Alma viajera encendida: lo primero es llegar y allá vemos.

Llego y me explica una amable señora que las playas están lejos del pueblo, y que está imposible encontrar hostales. Le digo que de todas formas me lleve a buscar un lugar barato pero – a eso no pienso renunciar – en la playa. Tengo muchísima suerte y encuentro una cabaña linda, limpia, baratísima. 400 pesitos la noche por eso, es un lujazo (afortunada, afortunada).

El dueño del hotel ve que viajo sólo con una mochila. Me dice que ‘si soy mochilera’. Le digo que supongo que sí, y le pregunto que si sabe dónde puedo comer. Sonríe amigablemente y me dice que sólo hay un restaurante pero que tengo que caminar 20 minutos y que “está carísimo” (y bueno, después de mi regateo por la cabaña y de mi ‘soy mochilera’ el señor comprensivamente me advierte que no me pare en el restaurante jaja). Me sugiere, en cambio, que me vaya con un trabajador de él que está por ir al pueblo y que compre cosas de comer en el super. La mujer afortunada que soy se sube a la camioneta del empleado y le va haciendo plática 20 minutos hasta llegar al pueblo. Entro a un super, hago compras de emergencia (mucha agua y latas de atún jaja), regreso a la playa.

Tan pronto veo el mar sé que cualquier cosa ha valido la pena porque es el mar más hermoso que he visto en mi vida. Las leyendas eran ciertas: esto es el paraíso. En medio de la selva el turquesa resplandece y contrasta con el blanco de la arena. Es temporada baja así que hay poquísima gente. Yo soy la única huésped así que me puedo cambiar de camastro persiguiendo el sol o la sombra. Me acuesto a ver el mar hasta que a las 9 de la noche me voy a dormir. Ha sido un día laaargo y no hay luz.

Al otro día me despierto temprano, me voy a tirar otra vez enfrente del mar. Nado un rato, camino, regreso a acostarme frente al mar. Pienso que qué carajos voy a hacer todo el día acá sin luz, sin Internet, sin tiendas cerca, sin más huéspedes. Sola.

Pero eso no es problema porque no sé explicarles cómo me pasé 10 horas frente al mar y no me dí cuenta. El resumen de mi vida (nunca sé cómo me pasan las cosas más hermosas). Pienso, pienso, pienso. Trato de ordenar mis pensamientos, no me resulta y los dejo que viajen como quieran: acepto recuerdos, ideas para el proyecto de investigación, categorías tontas y no tan tontas (a ver Talita, cuáles son las 5 cosas por las que más estás agradecida en tu vida / cuáles las 5 cosas que le aconsejarías a alguien / cuáles las 5 cosas que esperas haber hecho dentro de 5 años….). Debato conmigo misma sobre si incluirlo a él en mis “5 cosas por las cuales estar agradecida” (él: el único tipo al que le he dicho ‘te amo’). Concluyo que no.

Pienso, pienso, pienso. Contemplo el mar embelesada. Siento que no pienso en nada más que ‘qué lindo lugar’ y mientras veo cada ola voy reconociendo poco a poco el balsámico efecto que tiene el mar en mí. Lloro y no sé explicar por qué, pero les juro que es un llanto totalmente aliviador. Y entonces va tomando fuerza el pensamiento del día: estoy agradecida. El mundo es eterno, sus misterios insondables, yo soy una mujer afortunada. Muy afortunada. Si un día se sienten de la jodida, prueben dar gracias y verán que el panorama cambia. Prueben enumerar cosas por las cuales estar agradecidos, y verán que la humildad se instala en algún lugar cercano. Y la paz.

La paz. Es un sentimiento tan extraño. Un estado tan espiritual, tan difícil de sentir, tan trillado y tan poco experienciado. Pero yo en ese momento, en Tulum, sola, me siento en paz. No reclamo de nada, no me duele ninguna herida, me amisto con mi soledad. Afortunada. Bendecida.

La esposa del dueño del hostal de vez en cuando aparece por la playa y me sonríe. Esta vez se anima a sentarse a mi lado y preguntarme las cosas clásicas (que si de dónde soy, que si ya conocía Tulum, etc.). Después se pone seria y me dice “sabes qué? Yo quería platicar contigo porque me llama muchísimo la atención que viajes sola”. Yo: … Ella: Yo nunca había visto a una mexicana, ni a una mujer tan joven viajando sola. Y además llevas dos días aquí sentada frente al mar, ¿no te da miedo estar sola tanto tiempo? Yo: ¿Miedo? Pues… no, no me da miedo. De hecho creo que la he pasado bien estos días, es que el mar es hermoso… Ella: Si, el mar. Y tu eres una mujer valiente.

Creo que nunca me habían dicho que soy una mujer valiente. Creo que nunca me había pensado como una mujer valiente. Pero me gusta el nuevo adjetivo. De hecho, creo que me gusta bastante. – Gracias, señora del hostal.

Como siempre, me faltan muchas cosas por contar pero esto ya quedó largo y me esperan para cenar. Les debo el desenlace. Fin.

10 comentarios:

kurtcastillo dijo...

no se porque, pero esta vez, esta vez me ha emocionado tanto este post... espero que el desenlace este igual de bueno.
saludos

Anónimo dijo...

Ash, no quedó largo!, yo no quería que el post se acabara!!, nos debes el final, eh!!!...
Mujer valiente, afortunada, bendecida... y agrega admirada, porque yo no sólo te amo sino que dentro de este amor te admiro.

Emilia Eloísa.

Anónimo dijo...

Desenlace!!!! Concuerdo con los demás...EXCELENTE POST!!!!

Esperanza dijo...

que post más lleno de imágenes. De ola tras ola, de viento enredado en el pelo... pff hahah la verdad yo ni conozco México pero sentí eso con su post, quizás porque tb por trabajo viajo mucho, unas veces sola y otras no, y los momentos y lugares que más disfruto son aquellos que sólo pueden ser apreciados en soledad, frente a un paisaje impactante o en la simpleza (o despreocupación) de los lugareños en sus tareas cotidianas. Emociona, y dan lo mismo la maestria, el trabajo cool, la pose. Montones de veces me termino preguntando qué cresta ando haciendo en el fin del mundo, que si la señal de internet, q el teléfono, q la batería del netbook, pero pasada la tontera puedo disfrutar y me siento al igual que usted, afortunada de conocer lugares y gentes y tiempos tan diferentes a mi cotidiano, afortunada de emocionarme por ello, y he pensado q si agradecerle al destino, al trabajo, a la maestria, al papa, a quién se yo?, y ps lo único q se me ocurre es que capaz q sea una mezcla de todo, aunque tb pienso que no necesité antes de la lic., de la maestría o del trabajo para emocionarme, y que buscaría llenar siempre mis días de esos lugares. Afortunada entonces por saber qué me mueve, que me emociona. Agradecida de encontrar mujeres valientes que viajan solas.

Mujer Maravilla a la Mexicana dijo...

Qué bonita historia.

Cierto lo de ese sentimiento de paz, trata de no soltarlo o memorizar muy bien la sensación para el momento que haga falta recordar que hubo un día que te sentiste así.

Un abrazo

Icaro Jr dijo...

Me gusta mucho este post. Espero descubrir mi yo valiente pronto.

Esquina Tijuana dijo...

hermosa crónica, introspección, catarsis... pero qué bonito sentirse así, como que más ligera.

Me encanta leerla, señorita Melancolía, me encanta descubrirla.

Un beso y un sol ☼

Anónimo dijo...

Que chido. El reconocimiento a veces llega.

Chava dijo...

Que chido. El reconocimiento a veces llega.

P.D. Me había puesto anónimo sin querer jojo

Anónimo dijo...

me encanto me dieron ganas de ir al mar y asi estar en paz. sola en paz.desenlaceee porfaaa!! talita nates valientee